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Archive for 4/06/12

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En 1930, John Maynard Keynes predijo que, en el año 2030, las horas de trabajo remunerado se reducirían a 3 horas diarias, una semana laboral de 15 horas, porque gracias al crecimiento y la productividad de las economías desarrolladas la gente, ya “tendría suficiente” para llevar “una buena vida”. Este crecimiento de la economía sería “suficiente” para que los seres humanos dirigieran su atención a cosas “más agradables”. Esta menor necesidad de trabajar se utilizaría para mejorar y enriquecer las relaciones personales y sociales, tender a una mayor cooperación y ayuda mutua. Hace más de 80 años Keynes abogaba por potenciar “vínculos u obligaciones o lazos” ahogados en el culto al crecimiento y el dinero. “Vinculos”, para él, fundamentales en el desarrollo de las comunidades y las personas. Pero, los supuestos ‘expertos’ contradicen a la ‘solución humana’ de Keynes. Lo importante para ellos es la movilidad de los trabajadores. Movilidad, que no se dice, destruye comunidades, vínculos familiares y relaciones. Movilidad que multiplica las enfermedades mentales en las personas y la inseguridad en los barrios.

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Pero, los planteamientos de Keynes han chocado con la realidad imperante. Lo que para él era “suficiente” para otros no es, ni será, de hecho, bastante. A pesar, del crecimiento constante de la productividad y la riqueza, el desempleo, la jornada laboral, la pobreza y la desigualdad social no han parado de aumentar desde los años 80. Desde la imposición del neoliberalismo; que no es sino, la última máscara del sueño de algunos por dominar y explotar en provecho propio a la mayoría de los seres humanos; el crecimiento de la productividad y la riqueza no se han repartido entre todos. No es que la productividad sea baja ni que seamos pobres, es que unos pocos se quedan con el esfuerzo de todos. La avaricia y la codicia extrema de una minoría les han llevado a apropiarse de los beneficios del trabajo y el conocimiento de todos.

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En un año tan temprano como 1848, John Stuart Mill ya escribía “El estado estacionario de la población y de la riqueza no implica el estancamiento del progreso humano. Habría más espacio que nunca para todo tipo de cultura moral y de progreso moral y social; mucha más disponibilidad para mejorar el arte de vivir y muchas más probabilidades de verlo realmente mejorado si los espíritus quedasen libres del afán de adquirir riquezas. Las artes industriales podrían ser cultivadas de manera tan seria y con el mismo éxito que ahora, con la única diferencia de que, en lugar de no tener otra finalidad que la adquisición de la riqueza, los perfeccionamientos de esas artes alcanzarían su objetivo, que es la disminución del trabajo”.

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Los sueños se han truncado… Nuestra sociedad ha optado por obviar el progreso moral y humano. Se ha embarcado en una carrera suicida hacia el abismo de la productividad. No importa que producir ni cómo sino, simplemente, producir, producir y producir a cualquier precio humano y natural para vender y vender. No importa cómo vender, simplemente, importa vender. Los engaños y las estafas, sus consecuencias en la vida de las personas, son secundarias. Se ha creado una parafernalia que enmascara con bellas palabras – libertad, responsabilidad y esfuerzo – los objetivos y las acciones de los mismos seres reaccionarios y voraces que, siempre han aborrecido estas palabras, que lo siguen haciendo y, que han pisado y continúan pisando la libertad y derechos de la mayoría de los seres humanos. En sus bocas las palabras se pervierten: la libertad es libertinaje, que pisotea los derechos de los seres humanos; la responsabilidad es irresponsabilidad, que no asume el coste ni las consecuencias de sus acciones; y, el esfuerzo es explotación de los seres humanos y los recursos naturales.

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Han creado una sociedad tan inmoral como lo son ellos. En la sociedad de consumo se ha impuesto el insaciable apetito de ganar más y más dinero. Este apetito voraz destruye vidas y el planeta. Se fomenta la superficialidad, el egoísmo y la competitividad. Una competitividad que no entiende de normas. Unos se enriquecen y se apropian de todo a costa del dolor y la humillación de otros. Se usa a las personas como si no tuvieran valor ni dignidad. Privatizan la naturaleza y disponen de la vida de las personas. Crean escasez para después vender su remedio a quien pueda pagarlo. Han tomado la educación, la universidad y las instituciones para vender las virtudes de la empresa privada. Una iniciativa privada que esconde su verdadero rostro y sus crímenes. Se promete un trabajo y la felicidad a cambio de no pensar, ser servil y comprar… Se inyecta en vena la cultura de la empresa – secta. Desde todos sitios se nos inculca cual es ‘la vida perfecta’. Una vida donde las necesidades materiales – gracias al poder de la publicidad y su capacidad para vender ilusiones –se multiplican y no dejan de crearse constantemente otras nuevas para inducir a la gente a trabajar y ganar dinero para satisfacerlas. Pero, esta sociedad consiste en una carrera sin llegada porque su secreto es no acabar de satisfacer nunca esas necesidades.

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