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Archive for 6 mayo 2014

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La bebida no era la única muestra de desmoralización. El infanticidio, la prostitución, el suicidio y el desequilibrio mental han sido relacionados con aquel cataclismo económico y social…, incapacidad… para contener los terremotos sociales que estaban destrozando las vidas de los hombres… La alternativa de la evasión o la derrota era la rebelión… La rebelión no sólo fue posible, sino casi obligada… Ningún observador razonable negaba que la condición de los trabajadores pobres, entre 1815 y 1848 era espantosa.

Eric Hobsbawm, La era de la revolución.

 

 Al igual que en los distritos fabriles ingleses, en los distritos rurales se extiende día a día el consumo del opio entre los obreros y obreras adultos.El principal objetivo de algunos mayoristas emprendedores es… promover la venta de opiáceos. Los farmacéuticos los consideran como el artículo más solicitado.Los lactantes a los que se suministraban opiáceos, “se contraían, convirtiéndose en canijos viejecitos, o quedaban arrugados como monitos”. Véase cómo la India y China se vengan de Inglaterra.

 Karl Marx, El Capital, 1867.

 

El comienzo del capitalismo liberal fue una época brutal de colapso social sin precedentes. Las sociedades dirigidas por “gobiernos representativos” de las oligarquías sociales y económicas ejercieron sobre las personas un “poder totalitario” nunca visto hasta entonces. El poder del estado liberal sobre la vida y la muerte de las personas no había tenido parangón en épocas ni culturas supuestamente oscuras y atrasadas. Fue un proceso de ingeniería social llevado a cabo desde los mecanismos del nuevo poder estatal que conllevo unos enormes costes humanos.

No se caracterizó esta época por el progreso social sino por la depauperación creciente de la mayoría. Los campesinos fueron expoliados, los ajusticiamientos por nimiedades contra la “propiedad” crecieron exponencialmente, el trabajo–esclavitud infantil (incluso, desde los 3 años de edad) se hizo la norma, los niños tenían que ser útiles y tratados ahora como maquina–mercancía trabajaban en jornadas laborales extenuantes, incluso, hasta la muerte. En muchos de los casos en condiciones de hambre y desnutrición crónicas:

 

El alimento indigesto de los obreros es enteramente impropio para la sustentación de los niños; y, sin embargo, el trabajador no tiene ni el tiempo ni los medios de dar a sus hijos un sustento más adecuado. A ello hay que añadir la costumbre todavía muy extendida que consiste en dar a los niños aguardiente, y hasta opio…. Los niños que en el momento preciso en que les es más necesaria la alimentación pueden matar el hambre solamente a medias (y sabe Dios cuántos de ellos hay en cada crisis, e incluso durante los períodos económicos más florecientes), llegarán a ser fatalmente en gran proporción, niños débiles, escrofulosos y raquíticas.

Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845.

 

Las torturas, los castigos, la reclusión forzosa y el trabajo coercitivo tomaron nuevas y enormes dimensiones, la jornada laboral creció bajo una disciplina asfixiante. Se alzó una barrera racial infranqueable, hubo deportaciones masivas; aculturación y apatía; miseria y desarrollo incontrolado; se procedió a la criminalización, deshumanización y persecución de las capas más humildes de la población.

Esto se hizo única y exclusivamente para colmar la extrema codicia de unas personas privadas. No había ningún plan premeditado para llegar a la situación de bienestar actual alcanzada por, únicamente, un 20% de la población mundial. Fue una sociedad y un sistema construido fundamental e indispensablemente sobre un inmenso sistema esclavista. Únicamente, la organización, la rebelión y las revoluciones de los trabajadores fueron capaces de posibilitar el avance social. Asimismo, el miedo de las poderosas clases dirigentes a que las consecuencias del colapso social se volviera contra ellos hizo posibles los progresos sociales. Y es eso lo que nos cuenta Eric Hobsbawm en la época de las revoluciones:

 

Había muchos más que, enfrentados con una catástrofe social que no entendían, empobrecidos, explotados, hacinados en suburbios en donde se mezclaban el frío y la inmundicia,… se hundían en la desmoralización. Privados de las tradicionales instituciones y guías de conducta, muchos caían en el abismo de la existencia precaria. Las familias empeñaban las mantas cada semana hasta el día de paga. El alcohol era «la salida más rápida de Manchester» (o Lille o Borinage). El alcoholismo en masa – compañero casi invariable de una industrialización y urbanización bruscas e incontroladas – expandía «una pestilencia de fuertes licores» por toda Europa.

Las ciudades y zonas industriales crecían rápidamente, sin plan ni supervisión, y los más elementales servicios de la vida de la ciudad no conseguían ponerse a su paso. Faltaban casi por completo los de limpieza en la vía pública, abastecimiento de agua, sanidad y vivienda para la clase trabajadora. La consecuencia más patente de este abandono urbano fue la reaparición de grandes epidemias de enfermedades contagiosas…, como el cólera, que reconquistó a Europa desde 1831 y barrió el continente de Marsella a San Petersburgo en 1832 y otra vez más tarde… Al tifus en Glasgow «no se le dio consideración de epidemia grave hasta 1818». Luego aumentó. En la ciudad hubo dos grandes epidemias (tifus y cólera) en la década de 1830 y 1840, tres (tifus, cólera y paludismo) en la siguiente, dos en la década de 1850,… Los terribles efectos de ese descuido fueron tremendos, pero las clases media y alta no los sintieron.

El desarrollo urbano en nuestro período fue un gigantesco proceso de segregación de clases, que empujaba a los nuevos trabajadores pobres a grandes concentraciones de miseria alejadas de los centros del gobierno y los negocios, y de las nuevas zonas residenciales de la burguesía… ¿Y qué instituciones sociales salvo la taberna y si acaso la capilla se crearon en aquellas nuevas aglomeraciones obreras, salvo las de iniciativa de los mismos trabajadores? Sólo a partir de 1848, cuando las nuevas epidemias desbordando los suburbios empezaron a matar también a los ricos, y las desesperadas masas que vivían en ellos asustaron a los poderosos, se emprendió a una sistemática reconstrucción y mejora urbana.

 

Eric Hobsbawm La era de la revolución, 1789-1848”.

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¿Cómo se explica que los más estridentes gritos de dolor por la libertad los escuchemos elevarse en las voces de los cazadores de negros?

Samuel Johnson

 

Nosotros, los orgullosos Campeones de la Libertad y los declarados Abogados de los Derechos naturales de la Humanidad, nos empeñamos en este comercio inhumano y criminal más profundamente que cualquier otra nación… Los Abogados del republicanismo y de la supuesta igualdad de la humanidad deberían ser los primeros en sugerir algún sistema humano de abolición de la peor de todas las esclavitudes

Josiah Tucker.

 

 

Las revoluciones liberales acontecidas en Holanda, Inglaterra y EEUU, en los siglos XVI, XVII y XVIII, respectivamente, no trajeron la libertad anunciada. No para todos. Únicamente, fue la libertad de los “señores”. Protegidos tanto del “absolutismo monárquico” como del “absolutismo democrático”. El triunfo parcial de las nuevas fuerzas sociales representadas por la oligarquía burguesa en meteórico ascenso supuso el deterioro del poder de los monarcas absolutos, pero fue para que surgiera un poder aún más absoluto sobre la sociedad y la Humanidad en su conjunto. Las nuevas democracias representativas, que limitaban el poder real, surgidas tras las revoluciones burguesas fueron el gobierno único y absoluto de las poderosas oligarquías emergentes.

Estos nuevos regímenes se lanzaron a la expansión colonial más feroz, desposeyeron de toda propiedad tanto a sus compatriotas como a los pueblos repartidos alrededor del globo, la esclavitud tomó proporciones nunca vistas y los trabajadores fueron convertidos en algo peor que siervos. La libertad para todo el que no fuera miembro de la oligarquía propietaria era inexistente. La limitación al poder absoluto y la preciada libertad liberal, realmente, fue el auténtico desenfreno de la codicia que dio rienda suelta a las ambiciones más viles de terratenientes y mercaderes. Ninguna limitación e injerencia gubernamental podría cruzarse ya en su camino. Ahora ellos eran el gobierno y el poder absoluto. Sus filósofos e ideólogos convirtieron en justificación moral lo que adolecía de una falta de moral absoluta.

A manos de los nuevos estados liberales fueron esclavizados y explotados millones de seres humanos. Se procedió al sometimiento, el robo y el exterminio sistemático de los habitantes no blancos de nuestro planeta. Antes de todo se procedió a su deshumanización, a su placentera conversión en diablos, idolatras, bestias feroces y seres subhumanos, que hiciera más digeribles los crímenes que tenían el único objetivo del beneficio. No sólo fueron doblegados y asesinados los seres humanos de distinto color, sino que, también, los irlandeses católicos dejaron de merecer la compasión del nuevo estado liberal inglés. Tampoco los campesinos, los pobres y los vagabundos tuvieron mejor suerte: su libertad acababa bajo la bota del amo o el patrón. Los que alguna vez tuvieron acceso a  la propiedad bajo la forma comunal fueron despojados de todo bajo la violencia permanente de los nuevos gobernantes. Parecen crímenes lejanos, pero no lo son. Parecieran imposibles de repetirse, pero 400 años ininterrumpidos, millones de seres humanos asesinados los contemplan…

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Esta “paradoja” entre la nueva fe de la libertad y sus actos concretos es lo que pone de manifiesto Domenico Losurdo en su “Contrahistoria del liberalismo” que nos muestra esta ideología con todas sus contradicciones y realidades:

 

Limitación del “poder absoluto” y surgimiento de un poder absoluto sin precedentes: Para que esta paradoja pueda ser explicada, primero tiene que exponerse en toda su radicalidad. La esclavitud no es algo que permanezca a pesar del éxito de las tres revoluciones liberales [Países Bajos, Inglaterra y EEUU]; al contrario, conoce su máximo desarrollo con posterioridad a tal éxito: “El total de la población esclava en el continente americano ascendía a cerca de 330.000 en 1700, a casi 3 millones en 1800, para alcanzar finalmente el pico de los más de 6 millones en los años 50 del siglo XIX”’. Lo que contribuye de manera decisiva al ascenso de esta institución, sinónimo de poder absoluto del hombre sobre el hombre, es el mundo liberal. 

A mediados del siglo XVIII era Gran Bretaña la que poseía el mayor número de esclavos (878.000). El dato está lejos de ser exacto. A pesar de que el imperio de España tiene una extensión mucho mayor, le sigue a una buena distancia. Quien ocupa el segundo lugar es Portugal, que posee 700.000 esclavos, pero que a su vez es una especie de semi-colonia de la Gran Bretaña: una gran parte del oro que extraen los esclavos brasileños termina en Londres. Y por lo tanto, no hay dudas de que, quien se distingue en este campo por su posición absolutamente eminente es el país que, al mismo tiempo, está a la cabeza del movimiento liberal y que ha conquistado supremacía en el comercio y en la posesión de esclavos negros a partir, precisamente, de la Revolución Gloriosa. Por otro lado, es el propio [William] Pitt el joven quien, al intervenir en abril de 1792 en la Cámara de los comunes sobre el tema de la esclavitud y de la trata negrera, reconoce que “ninguna nación en Europa […] está tan profundamente sumida en esta culpa como Gran Bretaña”.

Y eso no es todo. En las colonias españolas y portuguesas, en mayor o menor medida, sobrevive la “esclavitud doméstica”, que debe distinguirse claramente de la “esclavitud sistémica, vinculada a las plantaciones y a la producción de mercancías”; y es este segundo tipo de esclavitud -—que se afianza sobre todo en el siglo XVIII (a partir de la revolución liberal de 1688-89) y que predomina claramente en las colonias inglesas— el que explica de manera más completa la deshumanización de aquellos que ya son solo instrumentos de trabajo y mercancías, objeto de compraventa regular en el mercado… La servidumbre a tiempo determinado…, en vigor hasta ese momento, tiende a ceder el lugar a la esclavitud propiamente dicha, a la condena perpetua y hereditaria de todo un pueblo, al que se le niega…, cualquier esperanza de libertad… Ya está en curso el proceso que reduce cada vez más al esclavo a pura mercancía y proclama [su] carácter racial… Una casta hereditaria de esclavos, definida y reconocible ya por el color de la piel…, a los ojos de John Wesley, la “esclavitud norteamericana”, es “la más vil nunca antes aparecida sobre la tierra”. 

Domenico Losurdo Contrahistoria del liberalismo

 

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MarxEngelsEscribiendo

Para la filosofía dialéctica no existe nada definitivo, absoluto, consagrado; en todo pone de relieve lo que tiene de perecedero, y no deja en pie más que el proceso ininterrumpido del devenir y perecer, un ascenso sin fin de lo inferior a lo superior, cuyo mero reflejo en el cerebro pensante es esta misma filosofía.

Friedrich Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1886.

 

Se ha criticado a Marx porque se parte de que sus posiciones son dogmáticas e inamovibles. Pero esto no es realmente cierto. Marx escribió no desde el dogmatismo sino desde el estudio de infinidad de autores desde Adam Smith a David Ricardo y muchos otros hoy olvidados. Su lugar de trabajo fue la mayor biblioteca de su época, la biblioteca del Museo Británico, y largas noches de vigilia en su casa. Marx evolucionó y cambió de posición cuando sus estudios demostraron que no estaba en lo cierto. Aparte de hablar francés e inglés, aprendió ruso para poder investigar la situación de aquel país. También evolucionó sus posiciones eurocentricas sobre la India cuando profundizó la situación de aquella región sometida al atroz saqueo del Imperio Británico y no creyó que el capitalismo fuera una etapa determinada y necesaria en la evolución de las sociedades humanas. Tampoco se puede creer que Marx deba dar respuesta a todas las preguntas e interrogantes ni a la totalidad del mundo. Eso sería un error. Marx no era un dogmático, era en extremo autocrítico y exigente. Por esta razón sólo tenemos tres partes de El Capital. Por esta razón fue un autor tremendamente insatisfecho con su obra, a pesar de su enorme tamaño e importancia.

Contra Marx juega el hecho de ser un filósofo que denunció la extrema crueldad del sistema imperante. Renunció a un cómoda carrera en la docencia universitaria. Se metió en política y estaba decidido a derribarlo. Fue un antisistema. Un autor incomodo para las oligarquías. No fue el típico filósofo, economista y escritor dedicado a loar las bondades de las clases dominantes y esto siempre ha jugado en su contra. Asimismo, muchos de sus críticos nunca han leído sus escritos y critican simplemente de oídas con los prejuicios que han construido sus adversarios ideológicos.

Hoy queremos centrarnos en una creencia que supone que Marx era un dogmático que creía en el determinismo histórico o la infalibilidad de su método científico para estudiar (y profetizar) el desarrollo histórico. Marx lo deja bien claro. No cree que su método ni ningún otro valga para determinar la historia, no cree en la unilinealidad e inevitabilidad de la historia. Su método de estudio e investigación, simplemente, es un método abierto para estudiar contextos históricos particulares que no tienen un fin predeterminado de antemano. Y para ello pone como ejemplo la evolución del capitalismo agrícola en la antigua Roma:

MarxEscribiendo

El capítulo sobre la acumulación primitiva no pretende más que trazar el camino por el cual surgió el orden económico capitalista, en Europa Occidental, del seno del régimen económico feudal. Por ello describe el movimiento histórico… En esa historia hacen época todas las revoluciones que sirven de palanca al avance de la clase capitalista en formaciónEsto sólo se ha cumplido radicalmente en Inglaterra…pero todos los países del Occidente Europeo están yendo por el mismo camino”, etc. (El Capital, edición francesa, 1879, p. 315). Al final del capítulo se resume de esta manera la tendencia histórica de la producción…,que la propiedad capitalista, al fundarse como ya lo hace en realidad, sobre una forma de la producción colectiva, no puede hacer otra cosa que transformarse en propiedad social. En este punto no he aportado ninguna prueba, por la simple razón de que esta afirmación no es más que el breve resumen de largos desarrollos dados anteriormente en los capítulos que tratan de la producción capitalista.

Ahora bien, ¿qué aplicación a Rusia puede hacer mi crítico de este bosquejo histórico? Únicamente esta: si Rusia tiende a transformarse en una nación capitalista a ejemplo de los países de la Europa Occidental – y por cierto que en los últimos años ha estado muy agitada por seguir esta dirección – no lo logrará sin transformar primero en proletarios a una buena parte de sus campesinos; y en consecuencia, una vez llegada al corazón del régimen capitalista, experimentará sus despiadadas leyes, como las experimentaron otros pueblos profanos. Eso es todo. Pero no lo es para mi crítico. Se siente obligado a metamorfosear mi esbozo histórico de la génesis del capitalismo en el Occidente europeo en una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino le impone a todo pueblo, cualesquiera sean las circunstancias históricas en que se encuentre,… Pero le pido a mi crítico que me dispense. (Me honra y me avergüenza a la vez demasiado). Tomemos un ejemplo.

En diversos pasajes de El Capital aludo al destino que les cupo a los plebeyos de la antigua Roma. En su origen habían sido campesinos libres, cultivando cada cual su propia fracción de tierra. En el curso de la historia romana fueron expropiados. El mismo movimiento que los divorció de sus medios de producción y subsistencia trajo consigo la formación, no sólo de la gran propiedad fundiaria, sino también del gran capital financiero. Y así fue que una linda mañana se encontraron con que, por una parte, había hombres libres despojados de todo a excepción de su fuerza de trabajo, y por la otra, para que explotasen este trabajo, quienes poseían toda la riqueza adquirida. ¿Qué ocurrió?. Los proletarios romanos se transformaron, no en trabajadores asalariados, sino en una chusma de desocupados más abyectos que los “pobres blancos” que hubo en el Sur de los Estados Unidos, y junto con ello se desarrolló un modo de producción que no era capitalista sino que dependía de la esclavitud. Así, pues, sucesos notablemente análogos pero que tienen lugar en medios históricos diferentes conducen a resultados totalmente distintos. Estudiando por separado cada una de estas formas de evolución y comparándolas luego, se puede encontrar fácilmente la clave de este fenómeno, pero nunca se llegará a ello mediante el pasaporte universal de una teoría histórico-filosófica general cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica”.

Karl Marx, Carta al director de “Otiechéstvennie Zapiski”, 1877

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