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Archive for 29 junio 2014

 Me impresionó un titular del día de la tragedia de Bangladesh: ‘Vivir con 38 euros al mes’. Esto es lo que pagaban a los que murieron… ¡Eso se llama trabajo esclavo!”.

 Papa Francisco, 1 de mayo de 2013.

 El doctor Farre se expresaba [ante la Cámara de los Comunes] en términos todavía más crudos: La intervención del legislador es asimismo necesaria para prevenir la muerte en todas las formas en que puede sobrevenir prematuramente, y éste (el régimen fabril) es, sin ningún género de dudas, uno de los métodos más crueles que la ocasionan.El mismo parlamento [británico] “reformado”, que, apiadándose de los señores fabricantes, seguía reteniendo durante unos cuantos años a niños menores de 13 [años] en el infierno de 72 horas de trabajo fabril a la semana, prohibía a los plantadores, en la ley de emancipación, ley que administraba también la libertad con cuentagotas, que hiciesen trabajar a ningún enclavo negro más de 45 horas semanales.”

 Karl Marx, El Capital, capítulo VIII, 1867.

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Todos podemos tener algunos indicios para sospechar que las grandes transnacionales de la moda explotan laboralmente a sus trabajadores. En algunos casos podemos constatar que son más que simples indicios como ha podido experimentar en las últimas semanas una clienta galesa, Rebecca Gallagher, de la firma irlandesa Primark, que ha encontrado un mensaje de denuncia, un grito de auxilio, en la etiqueta de su blusa adquirida en ese establecimiento: Force to work exhauting hours” (“Forzados a trabajar durante horas agotadoras”). Esto nos debería hacer pensar sobre las condiciones inhumanas que favorecemos con nuestros comportamientos, como cuando compramos “barato” en estas tiendas. Y exigir a nuestros gobiernos que castigue a estas empresas por fomentar activa y conscientemente la explotación de seres humanos. Pero, esta denuncia no ha sido la única, pues, ha tenido el efecto de sacar a la luz varias más en las últimas semanas.

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Es el caso de otra clienta galesa de Primark, Rebecca Jones, que ha encontrado otra etiqueta de denuncia en sus pantalones comprados en las tiendas de esta misma transnacional: «“Degrading” sweatshop conditions»(«“degradando” las condiciones de explotación»). Este último mensaje ha dado lugar a que Amnistía Internacional nos haya recordado otra denuncia que tuvo lugar en 2011, cuando karen, residente en Irlanda del Norte, se encontró una nota de auxilio en el bolsillo de sus pantalones Primark: “We work 15 hours every day and eat food that wouldn’t even be fed to pigs and dogs. We’re (forced to) work like oxen” (Nosotros trabajamos 15 horas cada día y comemos la comida con la que incluso no serían alimentados cerdos y perros. Somos forzados a trabajar como bueyes). Todo ese sufrimiento – el trabajo hasta el desfallecimiento – sale a £10 libras la pieza, unos 12 euros y medio: una “ganga”.

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“En las últimas semanas del mes de junio de 1863, toda la prensa de Londres publicaba una noticia encabezada con este epígrafe “sensacional”: «Death from simple Overwork»[“Muerta por simple exceso de trabajo”]. Tratábase de la muerte de la modista Mary Anne Walkley, de veinte años, empleada en un honorabilísimo taller de modistería de lujo que explotaba una dama con el idílico nombre de Elisa. Gracias a ese episodio, se descubría como cosa nueva la vieja y resabida historia de las pobres muchachas obligadas a trabajar, un día con otro, 16 horas y media, y durante la temporada hasta 30 horas seguidas sin interrupción, para lo cual había que mantener muchas veces en tensión su “fuerza de trabajo”, cuando fallaba, por medio de sorbos de jerez, vino de Oporto o café. […] Y este taller era uno de los mejores talleres de modas de Londres. […] El médico Mr. Keys…, informa…, con palabras secas: «Mary Anne Walkley murió por exceso de horas de trabajo en un taller abarrotado de obreras y en una alcoba estrechísima y mal ventilada.». […] Nuestros “esclavos blancos”, exclamaba al día siguiente el Morning Star,…, «nuestros esclavos blancos son lanzados a la tumba a fuerza de trabajo y agonizan y mueren en silencio».”

 Karl Marx, El Capital, capítulo VIII, 1867.

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Cuando se ponen claramente de manifiesto las agotadoras y maratonianas jornadas de trabajo a las que son sometidos, la crueles condiciones de explotación y los ínfimos sueldos de estos trabajadores, los defensores e ideólogos de este sistema económico de explotación argumentan que sino fuera por el trabajo y las inversiones que estas transnacionales proporcionan, estas personas vivirían muchísimo peor. La justificación a la explotación siempre tiene sus publicistas, muchos de ellos – ardientes defensores del progreso que supone el trabajo infantil – tan “prestigiosos” como estas marcas de ropa. En el mejor de los casos tratan a los trabajadores como a menores de edad, niños a los que hay que educar, que deben sentirse afortunados por haber sido tocados con la varita de la economía y el progreso.  Y debemos estar atentos a este tipo de razonamientos porque son los mismos que justifican y animan aquí a que la gente trabaje por 300 o 400 euros – mejor eso que nada, dicen – salarios de miseria, deteriorando las condiciones laborales hasta límites extremos y empobreciendo al conjunto de la población. Prácticas que nos devuelve al presente la realidad del trabajador pobre y la precariedad social. El abismo de la exclusión social no está tan alejado. Cuando las personas son una mercancía, se cosifican, no puede esperarse que sean tratadas de otra manera.

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En los países en vías de desarrollo, ramas enteras de la industria que producían para el mercado interno han sido empujadas a la quiebra por orden del Banco Mundial y el FMI. El sector urbano informal, que históricamente ha desempeñado un papel importante como fuente de creación de empleos, ha sidosocavado como consecuencia de las devaluaciones de la moneda, la liberalización de las importaciones y el dumping.En el África subsahariana, por ejemplo, el sector informal de la industria del vestido ha sido destruido y sustituido por el mercado de prendas usadas (importadas de Occidente a 80 dólares la tonelada).

 Michel Chossudovsky “Globalización de la pobreza y nuevo orden mundial”.

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Las empresas se enmascaran en que la “falta” ha sido realizada por sus proveedores como si no supieran que los costes de producción y los plazos de entrega que exigen, la subcontratación de los servicios a sus proveedores y las exigencias a las que los someten son los que determinan las condiciones laborales de los trabajadores. Buscan todos los subterfugios posibles para saltarse la Ley, los tratados internacionales de Derechos Humanos y del Niño y, sus publicitadas y farisaicas campañas de responsabilidad social corporativa. Como si ellas no pidieran – exigieran  – constantemente, la reducción de costes y salarios a  los gobiernos y no dispusieran de sus propios brazos armados en los organismos internacionales como el FMI, el Banco Mundial o la OMC. Como si los planes de ajuste y las reformas estructurales que han impulsado durante las últimas décadas no hubieran incidido en el deterioro de los salarios, las cargas sociales y las condiciones de seguridad y salubridad de los trabajadores. Esas mismas empresas que incitan a la desaparición de los derechos laborales y sindicales y que dan vía libre a sus “subcontratistas” y a gobiernos represivos para que intimiden y asesinen a los sindicalistas o a cualquiera que se oponga a su sistema. En lugar de combatir la injusticia del sistema, apostar por un consenso en materia de condiciones laborales y un respeto al medio ambiente profundizan la explotación y la degradación a nivel global. Nos dicen que no hay alternativa, es inevitable. Otro camino es la utopía.

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Lo que ha hecho Primark es una conducta normal y racional dentro de la lógica económica del “mercado”. No es sólo Primark sino también: El Corte Inglés, Inditex (Zara, etc.), Mango, H&M, C&A Loblaw, Cato, JC Penney, Iconix, Lee Cooper, Benetton, Carrefour, Walmart, Children’s Place, Gap y un largo etcétera más.  Todas ellas implicadas en la tragedia del Rana Plaza que costó la vida a 1.129 trabajadores. Asimismo, no son únicamente las empresas textiles. Apple y sus subcontratas son famosas por someter a los trabajadores a extenuantes jornadas de trabajo que llegan incluso a que muchos de ellos se suiciden. Foxcon, subcontrata de Apple, ha tenido que poner rejas en sus fábricas para evitar que los trabajadores se tiren al vacío. No se puede decir que Apple desconozca esta forma de actuar de su proveedor, todo lo contrario, lo fomenta si nos atenemos a las opiniones del divinizado Steve Jobs, que veía este tratamiento a los trabajadores como un ejemplo a exportar a los Estados Unidos. Tenemos que cuidarnos de quienes son nuestros ídolos, sobre todo, cuando los ídolos que adora esta sociedad tienen unas conductas morales tan laxas. Tenemos una sociedad que celebra la libertad, los derechos de todos y cada uno: el árbol, el perro, la niña, el niño, el abuelo, hasta los del “perro piloto”. Tenemos un día al año para cada uno, pero a la hora de la verdad ahí están las tasas de pobreza y exclusión, las degradantes condiciones laborales, la destrucción ambiental y la espiral de empobrecimiento y autoritarismo que estamos sufriendo. La autocelebración de lo buenos que somos oculta todas las muestras de una absoluta hipocresía social.

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La industria textil mueve miles de millones de euros, da trabajo a millones de personas, sí. Y por eso nos dicen que es intocable. Cualquier intervención tendría unas consecuencias aún peores. Pero esto es una absoluta falacia que persigue, simplemente, justificar la explotación de millones de personas. El trabajo barato, los precios baratos, el “low cost” tienen sus costes, morales y sociales. A lo mejor no los vemos porque nos quedamos en la superficie, en  el precio de la prenda, en los anuncios de la marca. Pero, además, tiene unos costes económicos, que un país con casi 6 millones de parados debería plantearse. La industria textil global no sólo crea millones de empleos sino que también destruye millones de empleos. El caso de España es paradigmático: la industria textil española tenía a fecha de 2012, 19.763 empresas casi un 50% menos que hace apenas 10 años; muchísima mayor sería la caída si echáramos la mirada a la década de los 90. Por ejemplo, en el caso del empleo este ha retrocedido de cerca de los 400.000 trabajadores de esta década a los 113.201, que sobreviven hoy. Seguimos comprando barato y seguimos perdiendo empleo, destruyendo tejido productivo y social, excluyendo a millones de personas y, además, permitimos que se explote impunemente a decenas de millones más. Qué buen negocio estamos haciendo.

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En estos momentos, cuando parece que, el fenómeno climatológico El Niño se cierne nuevamente sobre diversas regiones del planeta, no está de más recordar, que aparte de ser, los mismos fenómenos climáticos, procesos indiscutiblemente naturales están mediados por la actividad humana. La acción humana puede amortiguar sus efectos destructivos o multiplicarlos, con los consiguientes costes humanos originados. Mike Davis nos relata en un libro excelente como estos procesos climáticos mediados por procesos económicos y sociales causaron enormes Holocaustos y masacres masivas fundamentalmente durante el S.XIX.

Estos Holocaustos no fueron inevitables sino que las políticas coloniales europeas (y, en menor medida, japonesas); esencialmente, la ideología económica y política británica; las políticas de libre mercado capitalista; o, el colapso consiguiente de los Estados antiguos por las agresiones militares externas, multiplicaron exponencialmente los devastadores efectos de estas enormes sequías. La inacción de una política malthusiana condenó conscientemente a millones de seres humanos a morir en repetidas y recurrentes hambrunas apocalípticas.

El abandono de las políticas públicas y sociales de mantenimiento de infraestructuras hídricas o almacenamiento de granos, la destrucción de los lazos y las tradicionales estructuras sociales, la escasez de políticas redistributivas y la desigualdad, la erosión del suelo, y, sobre todo, la especulación y el comercio de exportación de alimentos se conjugaron para causar un gigantesco cataclismo ecológico y social. No es que no hubiera alimentos sino que la falta de trabajo e ingresos hicieron que millones de personas no pudieran comprar esos alimentos. Esto se podría haber paliado con políticas públicas de empleo, sanitarias o redistributivas, pero, para la ideología económica imperante no se podía incurrir en esos “enormes” gastos fiscales y el riesgo moral derivado de ayudar a los pobres.

Podríamos pensar que fue una calamidad, un error humano imperdonable, pero, esto se repitió decenas de veces ante la imperturbabilidad de estos ideólogos. Por tanto, en la culpabilidad de esa ideología política y económica se debe profundizar mucho más. Hoy nos encontramos frente a un abismo de cambio climático y desaparición de recursos naturales esenciales para la sociedad industrial. Asistimos impávidos a la acelerada erosión y desertización del suelo, la explosión demográfica, la pérdida de biodiversidad, la deforestación, una vida marina esquilmada… Todo ello consecuencia del sobreconsumo y la sobreexplotación. De la falta de límites: morales y físicos. No debemos engañarnos. Existe una total inamovilidad en las altas esferas políticas y económicas. La ideología económica dominante responderá de la única forma que sabe hacerlo: un Holocausto como nunca antes conocimos. De nuestras acciones y compromisos depende que no vuelvan a repetirse los mismos “errores”, porque, indiscutiblemente, más pronto que tarde, también, sobrevendrán sobre nosotros…

 

“La sequía es el duelo recurrente entre la variabilidad natural de las precipitaciones y las defensas hidráulicas de los agricultores. En todos los casos, la sequia presenta una dimensión humana y nunca se trata, sencillamente, de un desastre natural… Pero lo que resulta crítico desde un punto de vista agrícola, no es tanto la cantidad total de lluvia, como su distribución en relación a los ciclos anuales. Una cantidad de lluvia por debajo de lo normal pero bien distribuida daña poco las cosechas, particularmente en áreas como el Deccan en la India o el norte de China, en las que los campesinos cultivan mijo y otros cultivos resistentes a la carestía de agua… Históricamente, las sociedades agrícolas en áreas con gran variabilidad en las precipitaciones, estaban bien adaptadas para afrontar un déficit de lluvia grave anual; pero la mayoría requerían de auxilio masivo interregional para resistir la supresión del monzón durante dos años seguidos.

Además, el impacto que unas precipitaciones deficitarias tienen en la producción de alimentos depende de la cantidad de agua almacenada de la que se disponga, de si ésta puede ser distribuida por los campos eficaz y tempranamente y, si el agua es una mercancía, de si los cultivadores pueden permitirse su compra. […] La sequia hidrológica siempre tiene una historia social. Los sistemas artificiales de riego dependen, obviamente, del sostenimiento de la inversión social y de la mano de obra necesaria para su mantenimiento. Pero incluso la capacidad natural para almacenar agua se puede ver drásticamente afectada por las practicas humanas que provocan deforestación y erosión del suelo.

Como veremos, las sequias más devastadoras del siglo diecinueve fueron condicionadas, previa y decisivamente, por la degradación del paisaje, el abandono de los sistemas de riego tradicionales, la desmovilización del trabajo comunal y la falta de inversión en el almacenaje de agua por parte del Estado. Por ello, estoy de acuerdo con la afirmación de Rolando García en Narure Pleads Not Guilty (un hito en el estudio de las crisis en el Sahel de principios de la década de 1970) que «los fenómenos climáticos no son fenómenos por ellos mismos; solo se les atribuye importancia en relación a la reestructuración del medio ambiente que ocurre en los diferentes sistemas de producción». García, después de enfatizar, citando a Marx, las especifidades históricas de las condiciones «naturales» de producción, plantea una pregunta que será fundamental para la discusión planteada en este libro: «¿En qué medida la transformación colonial del sistema de producción cambio la influencia de los factores climáticos?».

                                                                               

Mike Davis “Los Holocaustos de la Era Victoriana tardía. El Niño, las hambrunas y la formación del Tercer Mundo”.

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