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Archive for the ‘Agricultura’ Category

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En estos momentos, cuando parece que, el fenómeno climatológico El Niño se cierne nuevamente sobre diversas regiones del planeta, no está de más recordar, que aparte de ser, los mismos fenómenos climáticos, procesos indiscutiblemente naturales están mediados por la actividad humana. La acción humana puede amortiguar sus efectos destructivos o multiplicarlos, con los consiguientes costes humanos originados. Mike Davis nos relata en un libro excelente como estos procesos climáticos mediados por procesos económicos y sociales causaron enormes Holocaustos y masacres masivas fundamentalmente durante el S.XIX.

Estos Holocaustos no fueron inevitables sino que las políticas coloniales europeas (y, en menor medida, japonesas); esencialmente, la ideología económica y política británica; las políticas de libre mercado capitalista; o, el colapso consiguiente de los Estados antiguos por las agresiones militares externas, multiplicaron exponencialmente los devastadores efectos de estas enormes sequías. La inacción de una política malthusiana condenó conscientemente a millones de seres humanos a morir en repetidas y recurrentes hambrunas apocalípticas.

El abandono de las políticas públicas y sociales de mantenimiento de infraestructuras hídricas o almacenamiento de granos, la destrucción de los lazos y las tradicionales estructuras sociales, la escasez de políticas redistributivas y la desigualdad, la erosión del suelo, y, sobre todo, la especulación y el comercio de exportación de alimentos se conjugaron para causar un gigantesco cataclismo ecológico y social. No es que no hubiera alimentos sino que la falta de trabajo e ingresos hicieron que millones de personas no pudieran comprar esos alimentos. Esto se podría haber paliado con políticas públicas de empleo, sanitarias o redistributivas, pero, para la ideología económica imperante no se podía incurrir en esos “enormes” gastos fiscales y el riesgo moral derivado de ayudar a los pobres.

Podríamos pensar que fue una calamidad, un error humano imperdonable, pero, esto se repitió decenas de veces ante la imperturbabilidad de estos ideólogos. Por tanto, en la culpabilidad de esa ideología política y económica se debe profundizar mucho más. Hoy nos encontramos frente a un abismo de cambio climático y desaparición de recursos naturales esenciales para la sociedad industrial. Asistimos impávidos a la acelerada erosión y desertización del suelo, la explosión demográfica, la pérdida de biodiversidad, la deforestación, una vida marina esquilmada… Todo ello consecuencia del sobreconsumo y la sobreexplotación. De la falta de límites: morales y físicos. No debemos engañarnos. Existe una total inamovilidad en las altas esferas políticas y económicas. La ideología económica dominante responderá de la única forma que sabe hacerlo: un Holocausto como nunca antes conocimos. De nuestras acciones y compromisos depende que no vuelvan a repetirse los mismos “errores”, porque, indiscutiblemente, más pronto que tarde, también, sobrevendrán sobre nosotros…

 

“La sequía es el duelo recurrente entre la variabilidad natural de las precipitaciones y las defensas hidráulicas de los agricultores. En todos los casos, la sequia presenta una dimensión humana y nunca se trata, sencillamente, de un desastre natural… Pero lo que resulta crítico desde un punto de vista agrícola, no es tanto la cantidad total de lluvia, como su distribución en relación a los ciclos anuales. Una cantidad de lluvia por debajo de lo normal pero bien distribuida daña poco las cosechas, particularmente en áreas como el Deccan en la India o el norte de China, en las que los campesinos cultivan mijo y otros cultivos resistentes a la carestía de agua… Históricamente, las sociedades agrícolas en áreas con gran variabilidad en las precipitaciones, estaban bien adaptadas para afrontar un déficit de lluvia grave anual; pero la mayoría requerían de auxilio masivo interregional para resistir la supresión del monzón durante dos años seguidos.

Además, el impacto que unas precipitaciones deficitarias tienen en la producción de alimentos depende de la cantidad de agua almacenada de la que se disponga, de si ésta puede ser distribuida por los campos eficaz y tempranamente y, si el agua es una mercancía, de si los cultivadores pueden permitirse su compra. […] La sequia hidrológica siempre tiene una historia social. Los sistemas artificiales de riego dependen, obviamente, del sostenimiento de la inversión social y de la mano de obra necesaria para su mantenimiento. Pero incluso la capacidad natural para almacenar agua se puede ver drásticamente afectada por las practicas humanas que provocan deforestación y erosión del suelo.

Como veremos, las sequias más devastadoras del siglo diecinueve fueron condicionadas, previa y decisivamente, por la degradación del paisaje, el abandono de los sistemas de riego tradicionales, la desmovilización del trabajo comunal y la falta de inversión en el almacenaje de agua por parte del Estado. Por ello, estoy de acuerdo con la afirmación de Rolando García en Narure Pleads Not Guilty (un hito en el estudio de las crisis en el Sahel de principios de la década de 1970) que «los fenómenos climáticos no son fenómenos por ellos mismos; solo se les atribuye importancia en relación a la reestructuración del medio ambiente que ocurre en los diferentes sistemas de producción». García, después de enfatizar, citando a Marx, las especifidades históricas de las condiciones «naturales» de producción, plantea una pregunta que será fundamental para la discusión planteada en este libro: «¿En qué medida la transformación colonial del sistema de producción cambio la influencia de los factores climáticos?».

                                                                               

Mike Davis “Los Holocaustos de la Era Victoriana tardía. El Niño, las hambrunas y la formación del Tercer Mundo”.

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MarxEngelsEscribiendo

Para la filosofía dialéctica no existe nada definitivo, absoluto, consagrado; en todo pone de relieve lo que tiene de perecedero, y no deja en pie más que el proceso ininterrumpido del devenir y perecer, un ascenso sin fin de lo inferior a lo superior, cuyo mero reflejo en el cerebro pensante es esta misma filosofía.

Friedrich Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1886.

 

Se ha criticado a Marx porque se parte de que sus posiciones son dogmáticas e inamovibles. Pero esto no es realmente cierto. Marx escribió no desde el dogmatismo sino desde el estudio de infinidad de autores desde Adam Smith a David Ricardo y muchos otros hoy olvidados. Su lugar de trabajo fue la mayor biblioteca de su época, la biblioteca del Museo Británico, y largas noches de vigilia en su casa. Marx evolucionó y cambió de posición cuando sus estudios demostraron que no estaba en lo cierto. Aparte de hablar francés e inglés, aprendió ruso para poder investigar la situación de aquel país. También evolucionó sus posiciones eurocentricas sobre la India cuando profundizó la situación de aquella región sometida al atroz saqueo del Imperio Británico y no creyó que el capitalismo fuera una etapa determinada y necesaria en la evolución de las sociedades humanas. Tampoco se puede creer que Marx deba dar respuesta a todas las preguntas e interrogantes ni a la totalidad del mundo. Eso sería un error. Marx no era un dogmático, era en extremo autocrítico y exigente. Por esta razón sólo tenemos tres partes de El Capital. Por esta razón fue un autor tremendamente insatisfecho con su obra, a pesar de su enorme tamaño e importancia.

Contra Marx juega el hecho de ser un filósofo que denunció la extrema crueldad del sistema imperante. Renunció a un cómoda carrera en la docencia universitaria. Se metió en política y estaba decidido a derribarlo. Fue un antisistema. Un autor incomodo para las oligarquías. No fue el típico filósofo, economista y escritor dedicado a loar las bondades de las clases dominantes y esto siempre ha jugado en su contra. Asimismo, muchos de sus críticos nunca han leído sus escritos y critican simplemente de oídas con los prejuicios que han construido sus adversarios ideológicos.

Hoy queremos centrarnos en una creencia que supone que Marx era un dogmático que creía en el determinismo histórico o la infalibilidad de su método científico para estudiar (y profetizar) el desarrollo histórico. Marx lo deja bien claro. No cree que su método ni ningún otro valga para determinar la historia, no cree en la unilinealidad e inevitabilidad de la historia. Su método de estudio e investigación, simplemente, es un método abierto para estudiar contextos históricos particulares que no tienen un fin predeterminado de antemano. Y para ello pone como ejemplo la evolución del capitalismo agrícola en la antigua Roma:

MarxEscribiendo

El capítulo sobre la acumulación primitiva no pretende más que trazar el camino por el cual surgió el orden económico capitalista, en Europa Occidental, del seno del régimen económico feudal. Por ello describe el movimiento histórico… En esa historia hacen época todas las revoluciones que sirven de palanca al avance de la clase capitalista en formaciónEsto sólo se ha cumplido radicalmente en Inglaterra…pero todos los países del Occidente Europeo están yendo por el mismo camino”, etc. (El Capital, edición francesa, 1879, p. 315). Al final del capítulo se resume de esta manera la tendencia histórica de la producción…,que la propiedad capitalista, al fundarse como ya lo hace en realidad, sobre una forma de la producción colectiva, no puede hacer otra cosa que transformarse en propiedad social. En este punto no he aportado ninguna prueba, por la simple razón de que esta afirmación no es más que el breve resumen de largos desarrollos dados anteriormente en los capítulos que tratan de la producción capitalista.

Ahora bien, ¿qué aplicación a Rusia puede hacer mi crítico de este bosquejo histórico? Únicamente esta: si Rusia tiende a transformarse en una nación capitalista a ejemplo de los países de la Europa Occidental – y por cierto que en los últimos años ha estado muy agitada por seguir esta dirección – no lo logrará sin transformar primero en proletarios a una buena parte de sus campesinos; y en consecuencia, una vez llegada al corazón del régimen capitalista, experimentará sus despiadadas leyes, como las experimentaron otros pueblos profanos. Eso es todo. Pero no lo es para mi crítico. Se siente obligado a metamorfosear mi esbozo histórico de la génesis del capitalismo en el Occidente europeo en una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino le impone a todo pueblo, cualesquiera sean las circunstancias históricas en que se encuentre,… Pero le pido a mi crítico que me dispense. (Me honra y me avergüenza a la vez demasiado). Tomemos un ejemplo.

En diversos pasajes de El Capital aludo al destino que les cupo a los plebeyos de la antigua Roma. En su origen habían sido campesinos libres, cultivando cada cual su propia fracción de tierra. En el curso de la historia romana fueron expropiados. El mismo movimiento que los divorció de sus medios de producción y subsistencia trajo consigo la formación, no sólo de la gran propiedad fundiaria, sino también del gran capital financiero. Y así fue que una linda mañana se encontraron con que, por una parte, había hombres libres despojados de todo a excepción de su fuerza de trabajo, y por la otra, para que explotasen este trabajo, quienes poseían toda la riqueza adquirida. ¿Qué ocurrió?. Los proletarios romanos se transformaron, no en trabajadores asalariados, sino en una chusma de desocupados más abyectos que los “pobres blancos” que hubo en el Sur de los Estados Unidos, y junto con ello se desarrolló un modo de producción que no era capitalista sino que dependía de la esclavitud. Así, pues, sucesos notablemente análogos pero que tienen lugar en medios históricos diferentes conducen a resultados totalmente distintos. Estudiando por separado cada una de estas formas de evolución y comparándolas luego, se puede encontrar fácilmente la clave de este fenómeno, pero nunca se llegará a ello mediante el pasaporte universal de una teoría histórico-filosófica general cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica”.

Karl Marx, Carta al director de “Otiechéstvennie Zapiski”, 1877

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En suma, los beneficios del común permitían a los menos favorecidos librarse de la dependencia exclusiva del jornal perseguida por el emergente régimen protocapitalista […]. La gentry, especialmente tras la Revolución [de 1688], acumulará tierra y abandonará el viejo régimen de open field. Decididos a someter los campos al “yugo de la mejora”,… los nuevos terratenientes han sido conscientes de ello muy pronto–, para construir el nuevo orden era necesario eliminar este elemento extraño, este código resistente de los territorios sociales precapitalistas, las tierras y derechos comunales. […]

A partir del XVII el Parlamento promueve el cercamiento a través de enclosure actsla propia ley se convierte en vehículo para desposeer al pueblo de la tierra (K. Marx). […]… especialmente durante el s. XVIII. Las leyes de cercamiento eran mucho más rápidas y fiables, asegurando además el reparto de la tierra comunal entre los propietarios locales […]… la práctica se alejaba bastante de la limpieza aparente de este modelo teórico. La iniciativa correspondía a menudo al propietario mayoritario, que preparaba el plan sin conocimiento de sus vecinos y lo presentaba antes de enviarlo al Parlamento como cosa hecha para que éstos lo firmaran. Eran habituales las irregularidades en el cómputo de la propiedad y, hasta 1801, los interesados podían ser miembros de la comisión que evaluaba la iniciativa. En 1880, más de un siglo después de la fijación del requisito de publicidad del proceso, se presentó en el Parlamento una moción para establecer medidas capaces de hacer efectiva la obligación en los condados –la mayoría– en que aún no era cumplida.

El mayor golpe a la participación era la traslación de la sede del debate de la asamblea parroquial al Parlamento y su codificación según procesos ajenos a la costumbre de los aldeanos. Como indicaron irónicamente los Hammond, cualquier campesino podía oponerse a una iniciativa de enclosure: sólo tenía que aprender a leer, contratar un letrado, desplazarse a Londres durante varias semanas y enfrentarse a la presión de los poderosos de su aldea; en algunas comisiones se aprobaron leyes concláusulas que condenaban a pena de muerte a los opositores al cercamiento (Hammond & Hammond, 1912, p. 64).

Álvaro Buitrago Sevilla, es Doctor Arquitecto y Profesor Asociado de la Universidad Politécnica de Madrid.

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Las subvenciones a la agricultura no son más que otra dimensión del macabro juego de cómo los poderosos hacen responsables de las consecuencias que sus acciones provocan a las propias víctimas de ellas. Curiosamente, se esgrime, constantemente, la cortina de humo que acusa al grueso de la sociedad trabajadora de vivir subvencionada, gratuitamente sin trabajar. En cambio, orquestadamente, se oculta quienes son los verdaderos beneficiarios de todo tipo de ayudas y subvenciones.

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El uso que se hace de estas subvenciones – cuidadosamente diseñadas para favorecer los intereses de una poderosa minoría – tiene unas consecuencias bien visibles para el bienestar de la sociedad: acaparamiento de bienes por esa minoría, destrucción de empleo, creación de mano de obra barata y precaria, empobrecimiento del mundo rural, falta de oportunidades, desigualdad, destrucción del medio ambiente y de la biodiversidad, ineficiencia energética, subida del precio y cuestionable calidad de los alimentos, etc. En realidad, ¿qué ocurre con las ayudas y subvenciones agrícolas europeas?

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1.    El dinero que recibe España en concepto de ayudas de la Política Agraria Común (PAC) son 6.500 millones de euros anuales, que aumentarán hasta los 7.000 millones en 2013.

2.    Se ha extendido el malicioso bulo de que la mayoría de estas ayudas van a parar a manos de trabajadores del campo que se aprovechan de ellas para no trabajar. Nada más lejos de la realidad, porque, prácticamente, el monto total de las subvenciones – un 80% – son destinadas al 18% de los beneficiarios.

3.    De estas ayudas solo un tercio de ellas caen en manos de agricultores profesionales. La mayoría de las ayudas se dan por el mero hecho de la posesión de la tierra y no por el uso ni el trabajo que se realiza en ella. El 50% de los beneficiarios de las ayudas ha recibido menos de 1.250 euros. La misma UE estipula que una pequeña explotación familiar sólo recibirá 500 euros anuales.

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4.    Esta es la realidad que se oculta a los ciudadanos. Quienes se hacen poseedores de las subvenciones agrícolas son unas minorías privilegiadas – transnacionales, grandes terratenientes y distribuidoras –  que no trabajan la tierra.

5.    Los datos son de una claridad meridiana: en España, 126 grandes terratenientes reciben la misma cantidad de dinero que otros 480.000 pequeños agricultores y ganaderos. En Extremadura, únicamente, 18 ganaderos recibieron lo mismo que 64.000 agricultores.

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6.    Para hacernos una pequeña idea de la situación debemos saber que, únicamente, los 7 principales terratenientes reciben 15 millones de euros. Esta cifra equivale a la misma cantidad que reciben 12.700 pequeñas explotaciones.

7.    Además, los 303 mayores agraciados con las subvenciones agrícolas reciben 398 millones de euros. Podemos hacer un esclarecedor cálculo: mientras, una pequeña explotación familiar – que trabaja la tierra con sus propias manos – recibe entre 500 y 1.000 euros, un gran terrateniente – que nunca ha tocado una azada – recibirá 1 millón de euros.

8.    Entre estos terratenientes están: la Casa de Alba – entre otras familias aristocráticas – que recibe más de 3 millones de euros; la familia Mora-Figueroa Domecq, 3,6 millones; o, los dueños de Ebro-Puleva que obtienen en subvenciones 2,5 millones, a sumar a los más de 20 millones que recibe su empresa.

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9.    Pero, aún hay más: Alberto Alcocer, José Manuel Entrecanales, Mario Conde, el actual ministro de Agricultura y Medio Ambiente y otros muchos financieros, especuladores y constructores residentes en Madrid – hasta 5.000 supuestos ‘grandes agricultores madrileños’ de Serrano, la Moraleja o Aravaca – reciben millonarias subvenciones por sus enormes fincas de recreo y cotos de caza, evidentemente, ganadas con el sudor de su frente.

10. Muchas de las ayudas dadas al no estar supeditado su uso a la producción, a la modernización o la creación de empleo se dedican por los grandes terratenientes y empresas a la especulación inmobiliaria y a la compra de nuevas tierras para extender sus dominios. Ayudas que sirven para ampliar sus enormes lugares de ocio donde lavan ingentes cantidades de dinero negro.

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11.  Este uso fraudulento de las ayudas tiene como consecuencia la expulsión del campo de muchos pequeños agricultores que ni pueden competir con los grandes terratenientes ni pueden acceder a la tierra: una hectárea puede alcanzar el precio de más de 30.000 euros, incluso, 80.000 euros si su uso está previsto que sea inmobiliario.

12.  La gravedad de la situación de esta política se refleja en la precaria situación de la población rural, que podemos medir en la pérdida de 147.000 explotaciones entre 1999 y 2003. Además, desde esa última fecha se han perdido otros 140.000 empleos en el mundo rural. Lo mismo ha ocurrido con las explotaciones lácteas que han descendido a razón de 24 diarias desde 1994. Asimismo, la renta agraria ha caído un 27,4% desde ese mismo año.

13.  Si miramos estos hechos con más perspectiva podremos descubrir una consecuencia de un alcance mayor: la disminución de la renta rural no ha tenido consecuencias en la consiguiente disminución del precio de los alimentos. Desde la entrada del euro el pan ha subido un 85%, los huevos, un 114%; la leche, un 48%; el arroz, un 45%; las patatas, un 116%; el aceite de oliva, un 33%; etc.

14.  No solo eso, el precio de los alimentos se encarece una media del 436% del campo al consumidor. Por ejemplo, los limones, un 3.225% más caro; las berenjenas, un 744%; las cebollas, un 869%; o las alcachofas; un 1.000%; etc.

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15.  La razón principal por la que ocurre esto se encuentra en el monopolio: en el enorme poder de las grandes empresas y distribuidoras. Que son, además, grandes beneficiarias de las subvenciones agrícolas: Mercadona recibe 2,6 millones; Lidl, 691.00 euros; Carrefour, 126.000 euros; o Alcampo, casi 53.000 euros.

16.  Este poder dominante de los supermercados se refleja en el control que 7 de ellos ejercen de más del 75% de los canales de intermediación, distribución y venta de alimentos, por lo que imponen un control absoluto de los precios, que pactan entre ellos; no dejando apenas salidas a las pequeñas explotaciones familiares, que desaparecen.

17.  Los beneficios de los supermercados son 11 veces mayores a los que obtenían en 1987 y las grandes empresas ganan 4,5 veces más. En la fase de distribución que controlan estas megaempresas se queda entre el 70 y 90% de los beneficios. Como ejemplo, solo dos supermercados – Mercadona y Carrefour – controlan el 40% de las ventas.

18.  Además, contra lo que muchas personas creen, los productos de los supermercados son, un 20% de media, más caros, que en el pequeño comercio. No nos puede extrañar cuando vemos que han destruido a la competencia controlando la oferta y los precios.

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19.  Se ha ocultado a la población que una de las consecuencias del ascenso de los supermercados ha sido la destrucción de empleo y tejido productivo en la economía local con el consecuente empobrecimiento de barrios y comarcas: por cada empleo precario creado en una gran superficie se han destruido 5 empleos estables en el pequeño comercio. Cerrándose cada día 11 negocios familiares en los últimos 10 años.

20.  Unos alimentos que pueden estar obligados a recorrer hasta 7.000km., cuando, fácilmente, podemos encontrarlos a menos de 100km., de nuestro hogar. Esta acción facilitaría la creación de empleo, mejorando el nivel de vida de las poblaciones locales y la calidad del medio donde viven.

Por tanto, podemos sencillamente concluir que el objetivo de las ayudas no se centra en una mejora de las condiciones del mundo rural y sus habitantes. Tampoco, en una mejora de nuestra agricultura, de la calidad de nuestros alimentos o una agricultura más sostenible y respetuosa con el medio ambiente, tendente a un modelo ecológico – con unos costes considerablemente más bajos – para el medio y las personas. Todo lo contrario.

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En la actualidad, prácticamente, la totalidad de las ayudas va a parar a la agroindustria – o a complementar el alto nivel de vida de los más privilegiados – que realiza un uso intensivo del petróleo y sus derivados, como los fertilizantes y los plásticos con las nefastas consecuencias ambientales que tienen; con un bajo uso de mano de obra con el consiguiente aumento del desempleo. Del mismo modo, la gestión de las ayudas no tiene un elevado compromiso con el cuidado de la salud, por ejemplo, el 60% de las ayudas se destinan al tabaco.

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La muestra más palmaria de la cruel ineficiencia de un modelo, que crea ciudadanos caprichosos, y que despilfarra una enorme cantidad de recursos valiosísimos e irremplazables, podemos observarla en que casi la mitad de la comida que compramos acaba en la basura, cuando cientos de miles de personas pasan hambre en nuestro país; o, aún más atroz, asiste impasible al asesinato por hambre de 36 millones de seres humanos al año en medio de terribles dolores.

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Ahora, he elegido predicar de la guerra en Vietnam porque estoy de acuerdo con Dante, en que los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que en un periodo de crisis moral mantuvieron su neutralidad. Llega un momento en que el silencio se convierte en traición”.

Martin Luther King. 

Si eres neutral en situaciones de injusticia has elegido el lado del opresor

Desmond Tutu.

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Uno de los problemas existentes en España que recibe un trato más vejatorio es el problema agrario en Andalucía y Extremadura, regiones recurrentemente vilipendiadas por los más privilegiados – depositarios de enormes posesiones e intereses en esas zonas – y sus medios de comunicación. La lucha ideológica y propagandística – a la que han destinado millones de euros – llevada a cabo por estas élites en los últimos años se ha centrado en dar por cerrado varios problemas que siguen estando latentes: el reparto de la tierra y la existencia de clases sociales. En el tema reina un enorme cinismo e hipocresía que acusa a los campesinos – cuando no a toda la población – de estas regiones de vagos subsidiados movidos solo por recibir las dadivas del ‘Papa Estado’. En cambio, se oculta, maliciosamente, que el problema del subdesarrollo económico de estas regiones radica en la propiedad de la tierra y la enorme desigualdad social: el 2% de los propietarios posee el 50% de la tierra recibiendo, además, del 80% de las subvenciones agrícolas.

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Aviesamente se olvida que estas regiones han sufrido durante siglos como ninguna otras la explotación y la servidumbre. Comarcas que – a pesar de su inherente holgazanería – han exportado cientos de miles de trabajadores a América, Europa, las regiones industrializadas de España y otros muchos núcleos urbanos de la geografía nacional. Si los ciudadanos de estas regiones fueran realmente como cuentan, se habrían quedado en sus hogares, viviendo de la sopa boba. Pero, como podemos ver con infinidad de ejemplos, no es el caso; en cuanto han tenido oportunidad han emigrado en busca de condiciones de vida dignas y un futuro que se les ha negado por esas mismas élites privilegiadas – que arremeten constantemente contra ellos – en sus lugares de origen. Una emigración – que ha supuesto el despoblamiento de estas comarcas – provocada por el hambre endémica y la pobreza que ha asolado desde siglos estas regiones. Ambas provocadas por un régimen feudal o caciquil de servidumbre gobernado por el analfabetismo, las coacciones, los pucherazos electorales y el terror. 

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El problema de estas regiones está anclado muchos siglos atrás.  En la Reconquista – durante el régimen feudal – cuando se dieron enormes extensiones tierra – latifundios – a señores, caballeros y al clero como botín de guerra. Enormes extensiones de tierras con sus siervos incluidos en la dote. El problema siguió agravándose con la desamortización de Mendizábal, que concentró aún más la tierra y, se cronificó a comienzos del S.XX, cuando el 4% de los propietarios llegó a concentrar el 70% de la tierra. La lucha por la tierra y la agitación social suscitada en el campo en busca de la deseada Reforma Agraria fue uno de los detonantes del levantamiento militar de 1936 y el posterior genocidio que la oligarquía terrateniente y el ejército fascista perpetró en esas zonas rurales. Tras el lapso de la dictadura fascista, este problema llegó, prácticamente, inalterado a nuestra democracia, puesto que, aún un 2% de los propietarios poseía el 50% de la tierra. Sorprendentemente, en los años de democracia el problema ha permanecido inalterado, incluso, ha empeorado. En Andalucía, el 1,6% de las explotaciones agrarias aglutina el 58,1% de la tierra y, en Extremadura, el 3,6% reúne el 64,5% de la tierra.

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En cuanto a las acusaciones referentes a los subsidios es evidente, simplemente, analizando los datos que, verdaderamente, la gran beneficiaria – aunque estemos en el S.XXI – es la aristocracia terrateniente. En Andalucía, el 1,1% de los agraciados recibieron el 28,4% de las ayudas agrícolas europeas. En Extremadura, únicamente, 18 ganaderos obtuvieron lo mismo que otros 64.000 pequeños agricultores. A nivel estatal, no hay mayores variaciones puesto que 126 grandes terratenientes disfrutan de la misma cantidad que otros 480.000 beneficiarios de la PAC. Con una sorprendente continuidad histórica las antiguas familias terratenientes mantienen la propiedad de la tierra, hoy en día, disimulada con la creación de sociedades mercantiles. Sus privilegios se reflejan en la constante elusión y fraude fiscal de la que hacen gala y, la opacidad que sigue rodeando a las verdaderas dimensiones de sus propiedades. La impunidad con la que siempre se han movido les permite haber ocupado el 80% de las vías pecuarias – que son terrenos públicos – sin sanción alguna; mientras, se persigue y mete en la cárcel a los jornaleros por ocupar tierras abandonadas e improductivas.

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Ante todos estos hechos que demuestran la asimetría y las injusticias a las que son sometidos los pequeños campesinos, nos rasgamos las vestiduras porque los jornaleros ganen 426 euros al mes no sin antes haber alcanzado los 35 jornales necesarios – la Casa de Alba recibe 3 millones de euros en subsidios agrícolas con independencia de su trabajo – para cobrarlo. No parece tan fácil cobrar el PER – siglas del Plan de Empleo Rural – cuando sólo un 40% de los jornaleros lo hace. A pesar de estas dificultades y los continuos ataques fundados en bulos y mentiras, en el pueblo de Coronil – como ha señalado – Diego Cañamero, de 5.000 habitantes solo 600 cobran el PER. En realidad, los campesinos y jornaleros no quieren vivir subsidiados – en cuanto pudieron huyeron a la construcción – sino que quieren las tierras para poder trabajarlas. No obstante, cuando en manos de muy pocas personas se encuentran fincas de decenas de miles de hectáreas – decenas de miles de campos de fútbol – abandonados e improductivos, hay cientos de miles de jornaleros y pequeños agricultores reclamando la posibilidad de acceder a la tierra y al trabajo consiguiente.

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La propaganda ha conseguido que la oligarquía absentista, que ha utilizado esas regiones como lugares de ociosidad – con sus grandes cortijos y sus fincas destinadas a la caza – tenga ganada la fama de gente de bien, de ley y trabajadora. En cambio, los que para sobrevivir siempre han trabajado la tierra de sol a sol por un salario de miseria son unos perezosos y maleantes. Sin embargo, son esos terratenientes – y todos los gobiernos que siempre les han apoyado y protegido – que reciben millonarios subsidios, quienes condenan a estas regiones al subdesarrollo dedicando el dinero a la especulación tanto con los alimentos como con la tierra renunciando a crear un verdadero tejido productivo. Un pequeño campesino nunca podrá salir adelante cuando el precio de una hectárea de tierra agrícola supera los 20.000 euros, llegando la de regadío a más de 30.000 euros; no pudiendo, además, acceder a las ayudas necesarias. Aunque, finalmente, lo más grave sea que los precios de venta no cubren los costes de producción. A todos los que critican la cultura del subsidio – curiosamente, son los mayores beneficiarios de esos subsidios – realmente les interesa tener unas regiones atrasadas que produzcan a precio de saldo las materias primas que alimenten sus industrias, no haciéndoles al mismo tiempo la competencia. Evidentemente, cuando se acusa al PER de fomentar la vagancia se oculta que este sistema consigue dar solución a uno de los problemas que más han preocupado desde siempre a los terratenientes: atar al campo mano de obra barata que trabaje sus explotaciones cuando ellos deseen. No importa si esa mano de obra precaria y explotada es autóctona o extranjera.

Desde hace mucho tiempo en esas regiones se ha luchado por una reforma de la propiedad de la tierra, una reforma que nunca ha llegado condenando a sus ciudadanos a la precariedad paliada solo por el trabajo estacional. Los terratenientes han recurrido a toda clase de artimañas legales o no, para impedirlo. Y si ha hecho falta han defendido la sagrada propiedad de la tierra – una tierra ociosa e improductiva en sus manos – con las mismas armas con las que la consiguieron, el asesinato. Cuando escuchamos hablar a Cayetano de Alba diciendo que desearía pasar de la justicia y arreglar cara a cara con los jornaleros los asuntos que se dirimen en los tribunales, nos damos cuenta que son los mismos terratenientes de siempre. Aquellos señoritos falangistas que al comienzo del golpe militar del 36 asesinaban a los jornaleros que reclamaban la Reforma Agraria y el derecho a acceder a la tierra y, mientras, les daban su ‘trozo de tierra’ se referían burlonamente a él, como la ‘Reforma Agraria’. Aún hoy, podemos asistir al espectáculo diario de ver como nuestras cunetas están llenas de aquellos asesinados.

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