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Archive for the ‘Fascismo’ Category

Las viejas élites dirigentes, privadas de otros recursos, se sentían tentadas a recurrir a los radicales extremistas, como lo hicieron los liberales italianos con los fascistas de Mussolini en 1920-1922.”

Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX.

Podemos31EneLleva tiempo circulando una “broma” sobre Pablo Iglesias y Podemos y sus supuestos parecidos con los movimientos fascistas liderados por una personalidad carismática. Es fácil saber si Pablo Iglesias tiene algún parecido con Benito Mussolini: si, por ejemplo, Pablo Iglesias fuera apoyado por los liberales y nombrado jefe de Gobierno por el rey, entonces, sí podríamos afirmar que tiene claras reminiscencias fascistas. Es así como llegó al poder Mussolini, líder de un partido no representativo – ultraminoritario –, que llega a la jefatura del gobierno por designación del rey Víctor Manuel III formando una coalición con notables liberales y conservadores: un gobierno sin escrúpulos para una situación de excepción.

Si luego empezara a encarcelar y asesinar a socialistas y comunistas asegurando los beneficios económicos y las libertades de los magnates. Si asegurara la paz del Orden social y la estabilidad del régimen político imperante eliminando al resto de partidos políticos y sindicatos creando un Senado donde los notables liberales y conservadores pudieran dormitar apaciblemente con su posesiones a buen recaudo. Si su formación política y sus actividades estuvieran financiadas por eminentes grupos industriales y de comunicación; entonces, sí nos estaríamos acercando peligrosamente a la figura del Duce.

Más pistas podríamos tener si además escucháramos a eminentes economistas liberales decir que Pablo Iglesias está salvando a la civilización europea de los peligrosos populismos e izquierdismos que amenazan con romper la sociedad y destruir la civilización europea. Si leyéramos que medios económicos de la City londinense alabaran su programa político y económico. Si viéramos a la clase media y alta de Inglaterra, a su mismo rey, a la práctica totalidad del entablishment británico – esta afirmación se podría hacer extensible al resto de la oligarquía europea – profesar indisimulada admiración por su figura.

PabloIglesiasMussolini

¿Qué más podría apoyar nuestra hipótesis sobre las supuestas reminiscencias fascistas de Pablo Iglesias? Pues que escucháramos en un héroe sin tacha del imaginario liberal–conservador y posterior jefe del gobierno británico palabras tales como estas:

El genio romano personificado por Mussolini, el más grande legislador vivo, ha demostrado a muchas naciones cómo se puede resistir al avance del socialismo y ha señalado el camino que puede seguir una nación cuando es dirigida valerosamente. Con el régimen fascista, Mussolini ha establecido un centro de orientación por el que no deben dudar en dejarse guiar los países que están comprometidos en la lucha cuerpo a cuerpo con el socialismo”

Winton Churchill, discurso ante la Liga Antisocialista británica, 18 de febrero de 1933.

Y es que para Churchill, internacionalmente, el movimiento de Mussolini: ha prestado sus servicios a toda la humanidad”.

Si, por ejemplo, también nos atuviéramos a otra repetida comparación: la realizada con José Antonio Primo de Rivera; deberíamos fijarnos en las siguientes pistas: si su padre hubiera sido un general llamado a ejercer como dictador por el rey de España; si fuera un ferviente católico; si el rey le hubiera otorgado el título de Grande de España – como, por ejemplo, sí es Esperanza Aguirre –; si hubiera estado siempre vinculado a movimientos políticos monárquicos; si abogara por “los puños y las pistolas” como herramientas de acción política; si tuviera las simpatías de la prensa conservadora y liberal española – por ejemplo, sí algún periodista como Eduardo García Serrano hubiera encabezado la Marcha por el Cambio –; o, si hubiera estado conspirando para derrocar el régimen democrático junto con militares y partidos políticos católicos y de derechas desembocando posteriormente en una sangrienta guerra incivil. Si tuviéramos todas esas pistas, entonces sí, nos estaríamos acercando en demasía.

PodemosMussolini

Tampoco viene a ser tan malo que te comparen con Mussolini. Podría ser peor. Sería peor si te comparasen con otro héroe del ideario conservador: Francisco Franco. Por cada asesinato que cometió Mussolini, el general Franco poniendo en práctica las formas genocidas de la guerra colonial en la península ibérica y la subsiguiente represión asesinó a 10.000 y, proporcionalmente, mató a tanta gente como Iósif Stalin. Pero todavía podría ser aún peor. Podría ser comparado con otro personaje histórico muy admirado por Henry Ford: Adolf Hitler. Ford incluso recibió una alta condecoración de la Alemania nazi. No sólo Ford ni, únicamente, otros muchos industriales y financieros occidentales profesaban una entusiasta admiración por el líder nazi, sino, nuevamente, la “upper and middle class” británica que consideraban a Hitler “un tipo que tenía algunas muy buenas ideas”. Tanto su rey, su prensa, como David Lloyd George, Primer ministro liberal que calificó a Hitler en 1936 como un “gran hombre”, un “líder natural de los hombres”, hacedor de un milagro y dueño de una “personalidad magnética y dinámica, con un decidido propósito”, una “voluntad resuelta” y un “valeroso corazón”. No sólo Lloyd George y otros políticos y diplomáticos tanto británicos, estadounidenses o franceses le profesaban rendida admiración, sino también, Winton Churchill, campeón liberal y Primer ministro británico que opinaba que Adolf Hitler era un político “extremadamente competente”, “ponderado”, “bien informado”, de “modos galantes” y “sonrisa desarmante” con un “sutil magnetismo personal”. Incluso llegó a rendirle servil adulación:

La historia de esa lucha no puede ser leída sin admiración por la valentía, la perseverancia, la fuerza vital que le permitió (a Hitler) desafiar, retar, conciliar, vencer, a todas las autoridades o resistencias que bloqueaban su camino… Yo siempre he dicho que si Gran Bretaña fuera derrotada en la guerra, espero que nosotros podamos encontrar un Hitler que nos llevara de regreso a nuestra legítima posición entre las naciones”.

Winston Churchill, Grandes Contemporáneos, 1937–39.

AlbertRiveraPacifico

El recurso al golpe de estado de excepción en el imaginario liberal–conservador no está únicamente circunscrita a los años 20 y 30. Es un recurso que ya fue esgrimido por un clásico del liberalismo como Alexis de Tocqueville en la primera mitad del siglo XIX. Y fue tomando cada vez mas carta de naturaleza con la irrupción de las masas en la política y el fracaso del régimen liberal para afrontar los problemas sociales y políticos a los que se enfrentó: dos masacres mundiales, el ascenso de los fascismos, la conflictividad y revolución social dan prueba de ello. Olvidada la Segunda Mundial, fuera de Europa se siguió apoyando el recurso de excepción mediante golpes de estado, dictaduras y diversos genocidios. Las dictaduras promovidas en el cono sur americano tan admiradas entre otros por Friedrich Hayek, Milton Friedman, Margaret Thatcher o Ronald Reagan no son más que una prueba más de ello.

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El movimiento de Hitler era el único de la derecha que ofrecía una visión idealista de una sociedad nueva en una Alemania renacida. […] Se le daba mejor que a ningún otro partido […], a medida que la crisis se acentuaba, atraer a una panoplia de grupos de interés, principalmente de las clases medias, mediante las suborganizaciones que creó, desde el “Aparato Agrario” […], hasta organizaciones destinadas a abordar los problemas específicos de obreros, funcionarios, médicos, farmacéuticos, maestros, profesores universitarios, estudiantes,…, pequeños comerciantes… [e] incorporarlos a una invocación al interés supremo de la nación.

Ian Kershaw, Hitler 1889-1936.

Si volviese a brillar el sol una vez más sobre la economía alemana, los votos de Hitler se fundirían como la nieve.

Helmuth Gerlach, 1930.

 

El «bonapartismo» – es decir, el interclasismo demagógico, seductor, casi irresistible, respecto a las masas menos politizadas y al mismo tiempo sólidamente fijado en una relación de mutuo apoyo con las clases propietarias … es, el nacimiento desde el seno mismo de la Revolución, de la llamada «tercera vía» entre la democracia y la reacción, es decir, el bonapartismo, que no es más que la misma «segunda vía» (la reacción) con formas modernas y seudorevolucionarias. Su continuación en el siglo XX fue el fascismo… Este modelo era el «cesarismo».

Luciano Canfora, La democracia. Historia de una ideología.

 

No hay mayor estupidez que banalizar un fenómeno político tan crucial como el fascismo convirtiéndolo en un indescifrable significante apto para el insulto. Como demostraron historiadores y politólogos, el fascismo fue un proyecto político autoritario de clase para tiempos de excepción

Pablo Iglesias Turrión.

Las viejas élites dirigentes, privadas de otros recursos, se sentían tentadas a recurrir a los radicales extremistas, como lo hicieron los liberales italianos con los fascistas de Mussolini en 1920-1922.

Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX

Adolf Hitler & Paul Von Hindenburg in Potsdam

Adolf Hitler llegó al poder en un momento histórico concreto. A su progreso y subida al poder en un tiempo record colaboraron diferentes causas e intereses. Pudo ser frenado y no lo fue. Su movimiento podría haber sido siempre el partido marginal que había sido siempre. Pero, detrás de su ascenso había un odio visceral a un régimen democrático, el de Weimar, que nunca fue deseado por la oligarquía y que siempre estuvo contra las cuerdas como muchas de las esporádicas democracias que nacieron tras la Primera Guerra Mundial. Tan pronto como en 1930 el Reichstag pasó a ser secundario, tras la dimisión del canciller socialdemócrata Hermann Muller en marzo, el presidente alemán empezó a gobernar por decreto y dieron a su fin los gobiernos parlamentarios. En los seis de meses anteriores a la victoria de Hitler hubo únicamente 3 sesiones parlamentarias. La democracia alemana estaba herida de muerte.

Los mayores caladeros de voto del partido NAZI fueron:

  1. Las capas medias de la sociedad, predominantes en el partido, que anteriormente votaban a los partidos liberal-conservadores.
  2. Los jóvenes y las masas despolitizadas, aterradas por la inestabilidad social y económica, desencantados con el sistema político y que, anteriormente, en su mayoría no votaban. Muchos cayeron hipnotizados bajo la ilusión del discurso demagógico e interclasista de Hitler basado en la unidad espiritual del pueblo alemán.

Los partidos que aguantaron mejor el embate NAZI fueron:

  1. Los partidos socialista y comunista. A pesar de eso el SPD no pudo captar a la gran bolsa de electorado absentista que, finalmente apoyó al NSDAP. Posiblemente por haber tenido responsabilidades de gobierno durante la accidentada república de Weimar y encontrarse alejados ideológicamente del movimiento obrero. En cambio, los parados se decantaron en su mayoría por el partido comunista (KPD).
  2. El partido católico, el Zentrum. A pesar de haber gestionado nefastamente la situación económica y haberse acercado peligrosamente al NSDAP y al autoritarismo.
  3. Pequeños partidos regionalistas o particularistas irrelevantes a nivel nacional.

 Resultados electorales de los partidos liberales en Weimar

El ascenso del partido NAZI fue fulgurante y sorprendente. Un ascenso impensable sin la crisis económica de 1929 y su posterior gestión. Su desastrosa e ideológica gestión. El desempleo oficial creció de 1,6 millones a finales de 1929 a 6,12 millones a primeros de 1932. Pero el «paro invisible», no contabilizado en los registros oficiales, podría ascender a cerca de 8,5 millones de alemanes. Si añadimos las personas que dependían de estos trabajadores, la cifra de personas afectadas por esta situación podría situarse en los 23 millones. La prestación por desempleo sólo cubría a 900.000 de estas personas. Además se redujeron las ayudas a los pensionistas entre otras medidas de austeridad económica.

No es posible que Hitler se hubiera mantenido en el poder – incluso, que hubiera llegado a al mismo – si no hubiera sido por el apoyo de los Junkers (los grandes terratenientes y la nobleza), los industriales y el ejército, cuyos intereses clásicos confluían en gran medida con el proyecto de Hitler: eliminación de los sindicatos y partidos obreros, mayores beneficios económicos, propiedad privada, rearme e imperialismo.

PrimerGobiernoHitler

En un primer momento, 1932-33, los líderes de los partidos liberal-conservadores, el Zentrum católico y la oligarquía dominante pensaron, que sin perder el poder, podrían usarle como el instrumento que transformara la democracia de Weimar en un estado autoritario más dúctil a sus intereses, pero hicieron un cálculo erróneo. En su descargo,  tenemos que tener en cuenta que en su mejor momento el NSDAP sólo recibió el 37% de los votos totales. No fue apoyado por una inmensa mayoría de los ciudadanos: un 63% no apostó por él. Y, tres meses después, tras su estratégico apoyo al paro obrero, cayó hasta el 33%. A pesar de esto formó su primer gobierno de coalición que sólo contó con dos ministros nazis. En cuestión de meses todo se vino abajo para los partidos liberal-conservadores.

La ideas que movían a los votantes y miembros del partido NAZI eran el conservadurismo, el pangermanismo, la solidaridad social” dentro de la «comunidad étnica» germánica, el ultranacionalismo, el sentimiento de humillación nacional, un odio elemental y visceral a la república de Weimar, el antisemitismo y una infinidad de prejuicios.

Pero, sobre todo, había un idea predominante entre sus votantes y era el odio al socialismo y el marxismo. En la últimas elecciones democráticas alemanas antes de la llegada de Hitler al gobierno en partido NAZI perdió 2 millones de votos, que fueron recuperados principalmente por los partidos burgueses liberal-conservadores. Esta derrota se debió al apoyo del NSDAP a la huelga de transportistas en Berlín. Era una estrategia costosa, pero que había que asumir según Goebbels: «Estamos en una posición nada envidiable […]. Muchos círculos burgueses se han asustado por nuestra participación en la huelga, pero esto no es definitivo. Se puede recuperar más tarde muy fácilmente a esos círculos, pero si hubiésemos perdido una vez a los obreros, los habríamos perdido para siempre». Evidentemente, tenía razón, pues una vez alcanzado el poder y barridos los movimientos obreros esos apoyos fueron fácilmente recuperados.

HitlerMussolini

Asimismo, el ascenso al poder de Mussolini en Italia una década antes guarda enormes similitudes con el de Hitler. Benito Mussolini era el líder de un pírrico movimiento con sólo 35 diputados obtenidos en una coalición formada por conservadores y liberales – el Bloque Nacional – en la elecciones de mayo de 1921 (hasta finales de ese año no crearía su propio partido, el PNF). Aún con este pequeño peso político y social es llamado a formar gobierno por Víctor Manuel III a finales de 1922. En las elecciones de abril de 1924 arrasa presentándose en coalición – la Lista Nacional – con los conservadores y la práctica mayoría de los liberales. Esta victoria electoral es conseguida tras año y medio de violencia sistemática y terrorismo de las escuadras de acción fascista apoyadas por las fuerzas del orden. Según la impresión del político y periodista italiano Giacinto Serrati: vivimos jornadas de angustia, nuestros asuntos y nuestra vida misma no valen un céntimo”. Asimismo, la aprobación de la ansiada ley ultra mayoritaria, Ley Acerbo, un deseo de los fascistas y los liberales, que con la llegada del sufragio universal y la representación proporcional perdieron su fuerza electoral y ya no les bastaba el sistema clientelar de compra de votos y el fraude electoral para ganar las elecciones; unido al fraude electoral, el apoyo financiero de los sectores de la alta burguesía italiana y la gran prensa a su servicio fueron indispensables.

Como en Alemania el instrumento para mantener el orden social quitó el poder político a liberales y conservadores. El insigne liberal italiano Benedetto Croce justificó la connivencia con los fascistas en la necesidad transitoria de restaurar el orden”. Según sus palabras del 9 de julio de 1924, el fascismo: no puede y no debe ser más que un puente a la restauración de un estricto régimen liberal. Luego desde su cómoda posición en el Senado fascista se convertiría en uno de sus mayores críticos, no sin antes haberlo apoyado e ir en una breve coalición de gobierno con él y, votado a favor de Mussolini una moción de confianza el 24 de junio de 1924, como un gesto de prudente y patriótico”, tras el asesinato del ardiente crítico y luchador antifascista Giacomo Matteotti. Luego, tras la persecución de comunistas y socialistas, incluso, democratacristianos, vendría la ilegalización de todos los partidos políticos y el reparto de cargos de prestigio a los notables liberal-consevadores.

A modo de conclusión podemos finalizar con las palabras que dedica Ian Kershaw en su excelente biografía sobre Hitler (Hitler 1889–1936) y el ascenso del Tercer Reich a la caída de la “odiada” república de Weimar:

«La democracia se entregó sin lucha. Fue así sobre todo en el caso del hundimiento de la gran coalición en 1930. Volvió a serlo en la falta de resistencia al golpe de [Von] Papen [Zentrum] contra Prusia en julio de 1932… revelaron lo endebles que eran las bases en que se apoyaba la democracia… había grupos poderosos que nunca habían llegado a aceptarla y estaban buscando por entonces echarla abajo. Durante la Depresión, la democracia fue, más que entregada, deliberadamente socavada por grupos elitistas que perseguían sus propios fines. No se trataba de residuos preindustriales, sino (y pese a lo reaccionario de sus objetivos políticos) de grupos de presión modernos que trabajaban para promover sus intereses encubiertos en un sistema autoritario. Influyeron más en el drama final los intereses agrarios y el ejército que los empresariales y financieros en la preparación de la toma del poder por Hitler. …] Pero los intereses empresariales y financieros, también miopes y egoístas, habían contribuido significativamente a socavar la democracia, que fue el preludio necesario del triunfo de Hitler.

[…] La clase obrera estaba acobardada y destrozada por la Depresión, con sus organizaciones debilitadas e impotentes. Pero los grupos dirigentes no tenían el apoyo masivo necesario para ampliar al máximo su supremacía y acabar con el poder de las organizaciones obreras. Introdujeron a Hitler para que les hiciese ese trabajo. El que pudiera hacer más que eso,… y ampliar inmensamente su propio poder y a costa de ellos mismos,… se considero que era algo sumamente improbable. La infravaloración de Hitler y de su movimiento… continúa siendo un elemento principal de las intrigas que le situaron en el cargo de canciller».

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“Era frecuente ver, en esos primeros días [del golpe militar], curas y religiosos con su fusil al hombro, su pistola y su cartuchera sobre la negra sotana

Mariano Ayerra, sacerdote de Alsasua, 1936.

“Con los sacerdotes han marchado a la guerra nuestros seminaristas. ¡Es guerra santa! Un día volverán al seminario mejorados. Toda esta gloriosa diócesis, con su dinero, con sus edificios, con todo cuanto es y tiene, concurre a esta gigantesca cruzada”.

Marcelino Olaechea Loizaga, 6 de noviembre de 1936.

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Aprovechando la última masiva beatificación dominical de Tarragona, no estaría mal recordar que los dos partidos presentes en la misma, PP y CiU, descendientes de la oligarquía franquista y monárquica, también fueron de la mano en la Guerra Civil. Es importante saberlo para que ahora la gente no se deje arrastrar por los mismos en la sinrazón y el enfrentamiento nacionalista. En la guerra civil, tristemente como en todas las guerras, fueron asesinadas miles de personas inocentes injusta y cruelmente. Pero es fundamental que sepamos que ese velo de santidad e inocencia que presume la Iglesia es falso. La Iglesia no es víctima de esta guerra, sino un bando activo, que aprovechó la guerra para alcanzar unos objetivos materiales, políticos e ideológicos. En palabras del arzobispo de Toledo y primado de España, Isidro Gomá y Tomás: “Una restauración totalitaria de la vida cristiana”. Lo que vendría a derivar en una involución social bajo un represivo régimen fascista–católico.

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El golpe militar fue desde un principio apoyado y jaleado por la Iglesia católica. La posterior guerra y dictadura contó con su ferviente colaboración. No fue el anticlericalismo violento el que hizo a la Iglesia tomar partido. Antes de conocerse los pormenores de éste, el arzobispo de Zaragoza, Rigoberto Domenech, poco más de veinte días después de la sedición militar justifica el mismo porque “no se hace en servicio de la anarquía, sino en beneficio del orden, la patria y la religión”. A los dos meses, el cardenal primado de España, Isidro Gomá, describía lo que era para él la guerra en una alocución radiofónica con motivo de la caída de Toledo a manos del ejército fascista: “El choque de la civilización contra la barbarie, del infierno contra Cristo, debían sucumbir primero,…, los adalides de la civilización cristiana, los abanderados de Cristo… Gloria a los mártires”.

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La Iglesia católica fue un bando, claramente, beligerante en la guerra civil española, una facción que animó y participó en el exterminio y la persecución. Que colaboró activamente en las venganzas y los asesinatos. Nunca la Iglesia católica trabajó en pos de la paz y la unidad de los españoles. Todo lo contrario. Desde el advenimiento de la República rechazó abiertamente sus instituciones y nunca estuvo dispuesta a renunciar a sus privilegios propios del Antiguo Régimen. Cuando en julio de 1936 se produjo el golpe de estado corrió rauda y gozosa a empuñar las armas en una nueva y, en sus palabras, “santa Cruzada”. Nunca mostró piedad cristiana y se lanzó a un sanguinario y cruel revanchismo convirtiéndose en uno de los pilares sobresalientes de la represión, la ingeniería social y la venganza fascista. Ni ha buscado nunca la reconciliación pidiendo perdón por sus crímenes. El orgullo y la soberbia, graves pecados, es lo que ha guiado la conducta de su cúpula.

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Como recordaría, más tarde, el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que se encontraba en Tuy en julio de 1936: “todos los sacerdotes del lugar aceptaron la sublevación militar con alegría y apoyaban al ejército como un deber de conciencia”. Esta dinámica fue habitual en Navarra, donde miles fueron asesinados sin que se diera ningún tipo de enfrentamiento armado. El fanatismo religioso que impregnaba lo que consideraban una guerra santa se dejaba ver en los actos del contingente de requetés donde se encontraban numerosos religiosos combatiendo.  A poco menos de un mes del golpe militar, durante la procesión de la Virgen del Sagrario en Pamplona, milicianos falangistas y requetés asesinaron a decenas de presos, entre ellos, curas supuestamente nacionalistas “los sacerdotes dieron la absolución en masa a los restantes, las ejecuciones se llevaron a cabo y los camiones volvieron a Pamplona, a tiempo para que los requetés se incorporaran a la procesión que estaba entrando en la catedral”. 

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Y es que el ardor guerrero había infectado el discurso y los actos de la plana mayor de la jerarquía católica española. Palabras como “cristianísimo Imperio español”, “judío–masónico”, “liberación”, “santa Cruzada” o “plebíscito armado” tenían sus oraciones. En la Pastoral de 30 de septiembre de 1936, “Las dos ciudades”, el obispo de Salamanca, Enrique Pla y Deniel deja bien a las claras que lo que se vive es una “santa Cruzada” para la Iglesia española: “Enhorabuena que los ciudadanos españoles, haciendo uso de un derecho natural, se hayan alzado para derrocar un gobierno que llevaba la nación a la anarquía […]. El carácter de la actual lucha que convierte a España en espectáculo para el mundo entero. Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden […]. Una cruzada por la religión y por la patria y por la civilización”.

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Evidentemente, no todos los religiosos actuaron de esta manera. Seguro que muchos que no estaban de acuerdo con estas consignas perecieron injusta y cruentamente. A todos ellos nuestra admiración y respeto como seres humanos vilmente asesinados. Pero, entre la jerarquía católica esto fue un desierto. Hasta el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea que alababa la bondad de esta guerra santa “vivimos una hora histórica en la que se ventilan los sagrados intereses de la religión y de la patria, una contienda entre la civilización y la barbarie” y bendijo a sus cruzados, se horrorizó de los crímenes y venganzas de los suyos: “Ni una gota más de sangre de venganza”. Pero sus palabras no tuvieron eco entre sus filas. Ya era demasiado tarde. La sangre de venganza corría por toda España. Asimismo, no importaba que se fuera religioso. Era muy importante ser religioso del bando fascista – tradicionalista, porque si no, se corría el riesgo de ser fusilado como a decenas de curas supuestamente nacionalistas o, si se protestaba contra estas infames acciones ser amenazado de muerte como le ocurrió al obispo de Vitoria, monseñor Mateo Múgica.

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En cambio, la jerarquía católica y Franco fueron uña y carne. Unidos por una férrea cohesión ideológica y unos mismos objetivos. El obispo de Vic, Joan Perelló, quería una “profilaxis social, sabía que se necesitaba un “bisturí para sacar la pus de las entraña de España”. La pus, evidentemente, eran las personas con una ideas políticas opuestas a las suyas. Para regocijo suyo, Francisco Franco, pensaba lo mismo que él y declaraba sentirse dispuesto a exterminar si fuese necesario a toda esa media España que no me es afecta” con el propósito de “la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias, destruida en el siglo XVIII”. Y el cardenal primado, arzobispo de Toledo, Isidro Gomá, seguía tenazmente la línea ideológica del Movimiento Nacional: “Judíos y masones, envenenaron el alma nacional con doctrinas absurdas, con cuentos tártaros o mongoles aderezados y convertidos en sistema político y social en las sociedades tenebrosas manejadas por el internacionalismo semita”. Discurso histórico de la Iglesia Católica que tras la derrota nazi y el descubrimiento del Genocidio hubo que maquillar y hasta ocultar.

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No solo el catolicismo español apoyó el golpe militar, cuando ya los crímenes eran bien conocidos y el nuevo régimen afirmaba sus postulados fascistas y totalitarios, el arzobispo de Westminster, cardenal Arthur Hinsley, en una carta remitida a Franco el 28 de marzo de 1939, en agradecimiento al envío de una foto autografiada por éste, le expresaba su admirada devoción: “Le considero el gran defensor de la verdadera España, el país de los principios católicos donde la justicia social católica y la caridad se aplicarán al bien común bajo un gobierno firme y pacífico”. El Vaticano mostró una extraña ambivalencia y pragmatismo político. Pío XI reconoció a Franco en mayo de 1938, aunque no tuviera una gran afinidad con él. Igualmente contradictorio fue su bendición de las tropas fascistas italianas que marchaban a invadir Abisinia en 1935. Luego Pío XII felicitaría efusivamente al general Franco en un telegrama, el 1 de abril de 1939: “Levantando nuestro corazón al señor, agradecemos sinceramente, con V.E, deseada victoria católica España”. Y, unos días más tarde, el 16 de abril de 1939, en un radiomensaje a los fieles de España se expresaba de tal forma: “Con inmenso gozo nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la Católica España, para expresaros nuestra paterna congratulación por el don de la Paz y de la victoria, con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probado en tantos y tan generosos sufrimientos”. Cierto es que hubo sufrimientos, pero por ningún sitio se atisbó un poco de “caridad” o “paz”. Y en ningún caso “piedad” o “perdón”. 

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