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Las viejas élites dirigentes, privadas de otros recursos, se sentían tentadas a recurrir a los radicales extremistas, como lo hicieron los liberales italianos con los fascistas de Mussolini en 1920-1922.”

Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX.

Podemos31EneLleva tiempo circulando una “broma” sobre Pablo Iglesias y Podemos y sus supuestos parecidos con los movimientos fascistas liderados por una personalidad carismática. Es fácil saber si Pablo Iglesias tiene algún parecido con Benito Mussolini: si, por ejemplo, Pablo Iglesias fuera apoyado por los liberales y nombrado jefe de Gobierno por el rey, entonces, sí podríamos afirmar que tiene claras reminiscencias fascistas. Es así como llegó al poder Mussolini, líder de un partido no representativo – ultraminoritario –, que llega a la jefatura del gobierno por designación del rey Víctor Manuel III formando una coalición con notables liberales y conservadores: un gobierno sin escrúpulos para una situación de excepción.

Si luego empezara a encarcelar y asesinar a socialistas y comunistas asegurando los beneficios económicos y las libertades de los magnates. Si asegurara la paz del Orden social y la estabilidad del régimen político imperante eliminando al resto de partidos políticos y sindicatos creando un Senado donde los notables liberales y conservadores pudieran dormitar apaciblemente con su posesiones a buen recaudo. Si su formación política y sus actividades estuvieran financiadas por eminentes grupos industriales y de comunicación; entonces, sí nos estaríamos acercando peligrosamente a la figura del Duce.

Más pistas podríamos tener si además escucháramos a eminentes economistas liberales decir que Pablo Iglesias está salvando a la civilización europea de los peligrosos populismos e izquierdismos que amenazan con romper la sociedad y destruir la civilización europea. Si leyéramos que medios económicos de la City londinense alabaran su programa político y económico. Si viéramos a la clase media y alta de Inglaterra, a su mismo rey, a la práctica totalidad del entablishment británico – esta afirmación se podría hacer extensible al resto de la oligarquía europea – profesar indisimulada admiración por su figura.

PabloIglesiasMussolini

¿Qué más podría apoyar nuestra hipótesis sobre las supuestas reminiscencias fascistas de Pablo Iglesias? Pues que escucháramos en un héroe sin tacha del imaginario liberal–conservador y posterior jefe del gobierno británico palabras tales como estas:

El genio romano personificado por Mussolini, el más grande legislador vivo, ha demostrado a muchas naciones cómo se puede resistir al avance del socialismo y ha señalado el camino que puede seguir una nación cuando es dirigida valerosamente. Con el régimen fascista, Mussolini ha establecido un centro de orientación por el que no deben dudar en dejarse guiar los países que están comprometidos en la lucha cuerpo a cuerpo con el socialismo”

Winton Churchill, discurso ante la Liga Antisocialista británica, 18 de febrero de 1933.

Y es que para Churchill, internacionalmente, el movimiento de Mussolini: ha prestado sus servicios a toda la humanidad”.

Si, por ejemplo, también nos atuviéramos a otra repetida comparación: la realizada con José Antonio Primo de Rivera; deberíamos fijarnos en las siguientes pistas: si su padre hubiera sido un general llamado a ejercer como dictador por el rey de España; si fuera un ferviente católico; si el rey le hubiera otorgado el título de Grande de España – como, por ejemplo, sí es Esperanza Aguirre –; si hubiera estado siempre vinculado a movimientos políticos monárquicos; si abogara por “los puños y las pistolas” como herramientas de acción política; si tuviera las simpatías de la prensa conservadora y liberal española – por ejemplo, sí algún periodista como Eduardo García Serrano hubiera encabezado la Marcha por el Cambio –; o, si hubiera estado conspirando para derrocar el régimen democrático junto con militares y partidos políticos católicos y de derechas desembocando posteriormente en una sangrienta guerra incivil. Si tuviéramos todas esas pistas, entonces sí, nos estaríamos acercando en demasía.

PodemosMussolini

Tampoco viene a ser tan malo que te comparen con Mussolini. Podría ser peor. Sería peor si te comparasen con otro héroe del ideario conservador: Francisco Franco. Por cada asesinato que cometió Mussolini, el general Franco poniendo en práctica las formas genocidas de la guerra colonial en la península ibérica y la subsiguiente represión asesinó a 10.000 y, proporcionalmente, mató a tanta gente como Iósif Stalin. Pero todavía podría ser aún peor. Podría ser comparado con otro personaje histórico muy admirado por Henry Ford: Adolf Hitler. Ford incluso recibió una alta condecoración de la Alemania nazi. No sólo Ford ni, únicamente, otros muchos industriales y financieros occidentales profesaban una entusiasta admiración por el líder nazi, sino, nuevamente, la “upper and middle class” británica que consideraban a Hitler “un tipo que tenía algunas muy buenas ideas”. Tanto su rey, su prensa, como David Lloyd George, Primer ministro liberal que calificó a Hitler en 1936 como un “gran hombre”, un “líder natural de los hombres”, hacedor de un milagro y dueño de una “personalidad magnética y dinámica, con un decidido propósito”, una “voluntad resuelta” y un “valeroso corazón”. No sólo Lloyd George y otros políticos y diplomáticos tanto británicos, estadounidenses o franceses le profesaban rendida admiración, sino también, Winton Churchill, campeón liberal y Primer ministro británico que opinaba que Adolf Hitler era un político “extremadamente competente”, “ponderado”, “bien informado”, de “modos galantes” y “sonrisa desarmante” con un “sutil magnetismo personal”. Incluso llegó a rendirle servil adulación:

La historia de esa lucha no puede ser leída sin admiración por la valentía, la perseverancia, la fuerza vital que le permitió (a Hitler) desafiar, retar, conciliar, vencer, a todas las autoridades o resistencias que bloqueaban su camino… Yo siempre he dicho que si Gran Bretaña fuera derrotada en la guerra, espero que nosotros podamos encontrar un Hitler que nos llevara de regreso a nuestra legítima posición entre las naciones”.

Winston Churchill, Grandes Contemporáneos, 1937–39.

AlbertRiveraPacifico

El recurso al golpe de estado de excepción en el imaginario liberal–conservador no está únicamente circunscrita a los años 20 y 30. Es un recurso que ya fue esgrimido por un clásico del liberalismo como Alexis de Tocqueville en la primera mitad del siglo XIX. Y fue tomando cada vez mas carta de naturaleza con la irrupción de las masas en la política y el fracaso del régimen liberal para afrontar los problemas sociales y políticos a los que se enfrentó: dos masacres mundiales, el ascenso de los fascismos, la conflictividad y revolución social dan prueba de ello. Olvidada la Segunda Mundial, fuera de Europa se siguió apoyando el recurso de excepción mediante golpes de estado, dictaduras y diversos genocidios. Las dictaduras promovidas en el cono sur americano tan admiradas entre otros por Friedrich Hayek, Milton Friedman, Margaret Thatcher o Ronald Reagan no son más que una prueba más de ello.

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La bebida no era la única muestra de desmoralización. El infanticidio, la prostitución, el suicidio y el desequilibrio mental han sido relacionados con aquel cataclismo económico y social…, incapacidad… para contener los terremotos sociales que estaban destrozando las vidas de los hombres… La alternativa de la evasión o la derrota era la rebelión… La rebelión no sólo fue posible, sino casi obligada… Ningún observador razonable negaba que la condición de los trabajadores pobres, entre 1815 y 1848 era espantosa.

Eric Hobsbawm, La era de la revolución.

 

 Al igual que en los distritos fabriles ingleses, en los distritos rurales se extiende día a día el consumo del opio entre los obreros y obreras adultos.El principal objetivo de algunos mayoristas emprendedores es… promover la venta de opiáceos. Los farmacéuticos los consideran como el artículo más solicitado.Los lactantes a los que se suministraban opiáceos, “se contraían, convirtiéndose en canijos viejecitos, o quedaban arrugados como monitos”. Véase cómo la India y China se vengan de Inglaterra.

 Karl Marx, El Capital, 1867.

 

El comienzo del capitalismo liberal fue una época brutal de colapso social sin precedentes. Las sociedades dirigidas por “gobiernos representativos” de las oligarquías sociales y económicas ejercieron sobre las personas un “poder totalitario” nunca visto hasta entonces. El poder del estado liberal sobre la vida y la muerte de las personas no había tenido parangón en épocas ni culturas supuestamente oscuras y atrasadas. Fue un proceso de ingeniería social llevado a cabo desde los mecanismos del nuevo poder estatal que conllevo unos enormes costes humanos.

No se caracterizó esta época por el progreso social sino por la depauperación creciente de la mayoría. Los campesinos fueron expoliados, los ajusticiamientos por nimiedades contra la “propiedad” crecieron exponencialmente, el trabajo–esclavitud infantil (incluso, desde los 3 años de edad) se hizo la norma, los niños tenían que ser útiles y tratados ahora como maquina–mercancía trabajaban en jornadas laborales extenuantes, incluso, hasta la muerte. En muchos de los casos en condiciones de hambre y desnutrición crónicas:

 

El alimento indigesto de los obreros es enteramente impropio para la sustentación de los niños; y, sin embargo, el trabajador no tiene ni el tiempo ni los medios de dar a sus hijos un sustento más adecuado. A ello hay que añadir la costumbre todavía muy extendida que consiste en dar a los niños aguardiente, y hasta opio…. Los niños que en el momento preciso en que les es más necesaria la alimentación pueden matar el hambre solamente a medias (y sabe Dios cuántos de ellos hay en cada crisis, e incluso durante los períodos económicos más florecientes), llegarán a ser fatalmente en gran proporción, niños débiles, escrofulosos y raquíticas.

Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845.

 

Las torturas, los castigos, la reclusión forzosa y el trabajo coercitivo tomaron nuevas y enormes dimensiones, la jornada laboral creció bajo una disciplina asfixiante. Se alzó una barrera racial infranqueable, hubo deportaciones masivas; aculturación y apatía; miseria y desarrollo incontrolado; se procedió a la criminalización, deshumanización y persecución de las capas más humildes de la población.

Esto se hizo única y exclusivamente para colmar la extrema codicia de unas personas privadas. No había ningún plan premeditado para llegar a la situación de bienestar actual alcanzada por, únicamente, un 20% de la población mundial. Fue una sociedad y un sistema construido fundamental e indispensablemente sobre un inmenso sistema esclavista. Únicamente, la organización, la rebelión y las revoluciones de los trabajadores fueron capaces de posibilitar el avance social. Asimismo, el miedo de las poderosas clases dirigentes a que las consecuencias del colapso social se volviera contra ellos hizo posibles los progresos sociales. Y es eso lo que nos cuenta Eric Hobsbawm en la época de las revoluciones:

 

Había muchos más que, enfrentados con una catástrofe social que no entendían, empobrecidos, explotados, hacinados en suburbios en donde se mezclaban el frío y la inmundicia,… se hundían en la desmoralización. Privados de las tradicionales instituciones y guías de conducta, muchos caían en el abismo de la existencia precaria. Las familias empeñaban las mantas cada semana hasta el día de paga. El alcohol era «la salida más rápida de Manchester» (o Lille o Borinage). El alcoholismo en masa – compañero casi invariable de una industrialización y urbanización bruscas e incontroladas – expandía «una pestilencia de fuertes licores» por toda Europa.

Las ciudades y zonas industriales crecían rápidamente, sin plan ni supervisión, y los más elementales servicios de la vida de la ciudad no conseguían ponerse a su paso. Faltaban casi por completo los de limpieza en la vía pública, abastecimiento de agua, sanidad y vivienda para la clase trabajadora. La consecuencia más patente de este abandono urbano fue la reaparición de grandes epidemias de enfermedades contagiosas…, como el cólera, que reconquistó a Europa desde 1831 y barrió el continente de Marsella a San Petersburgo en 1832 y otra vez más tarde… Al tifus en Glasgow «no se le dio consideración de epidemia grave hasta 1818». Luego aumentó. En la ciudad hubo dos grandes epidemias (tifus y cólera) en la década de 1830 y 1840, tres (tifus, cólera y paludismo) en la siguiente, dos en la década de 1850,… Los terribles efectos de ese descuido fueron tremendos, pero las clases media y alta no los sintieron.

El desarrollo urbano en nuestro período fue un gigantesco proceso de segregación de clases, que empujaba a los nuevos trabajadores pobres a grandes concentraciones de miseria alejadas de los centros del gobierno y los negocios, y de las nuevas zonas residenciales de la burguesía… ¿Y qué instituciones sociales salvo la taberna y si acaso la capilla se crearon en aquellas nuevas aglomeraciones obreras, salvo las de iniciativa de los mismos trabajadores? Sólo a partir de 1848, cuando las nuevas epidemias desbordando los suburbios empezaron a matar también a los ricos, y las desesperadas masas que vivían en ellos asustaron a los poderosos, se emprendió a una sistemática reconstrucción y mejora urbana.

 

Eric Hobsbawm La era de la revolución, 1789-1848”.

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La empresa moderna era y es ciega. Sabemos que efectivamente produjo la revolución industrial, pero este no era el objetivo de los empresarios. Tales hombres, codiciosos y ansiosos de acumular la máxima ganancia no son raros – de todos modos no lo fueron en Europa desde las Cruzadas en adelante – ni su comportamiento es muy recóndito. La empresa privada estimulará el desarrollo económico y la revolución industrial si, y solo si, los beneficios a obtenerse de ese modo son mayores a los que se logren por otros medios. Si no lo son, no lo hará”.

Eric HobsbawmEn torno a los orígenes de la revolución industrial.

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Echando la vista atrás al comienzo de la crisis, no podemos por más que pensar que la gestión de ésta está siendo buena. Incluso, podríamos decir excelente. El objetivo del sistema económico actual es el beneficio y las ganancias, la acumulación capitalista y el enriquecimiento. La competitividad, la codicia y el dinero son los becerros de oro que dan sentido al sistema capitalista que nos domina. Por tanto, cuando observamos que el número de millonarios crece un 13% durante el último año, el beneficio de la gran banca un 79% hasta septiembre, la bolsa española sube más de un 16% durante este año y, además, más de 6 millones de personas deben pelear por empleos cada vez más precarios y con peores salarios, no podemos por más que congratularnos. Solo podemos llegar a una conclusión: la gestión de la crisis está siendo excelente. Y todavía podemos obtener éxitos aun más grandiosos porque el número de millonarios amenaza con crecer un 110% más hasta 2017.

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El fin del sistema capitalista es el beneficio, el enriquecimiento. Ni la libertad, ni la democracia, ni el progreso social. Si éste no se consigue mediante la innovación tecnológica o productiva, debe conseguirse por otros medios. Los medios son coyunturales, lo importante es el fin. Y el fin es obtener la máxima ganancia. Nunca ha importado que se haga a costa de la explotación de otros seres humanos sino que ha sido y es imprescindible. Por tanto, si el sistema no alcanza sus objetivos por unos medios utilizará otros, se adaptará en la búsqueda de sus fines. El capitalismo no es un sistema inmóvil, es un sistema en constante evolución, sus métodos y formas pueden variar, pero el objetivo que guía a éstos es siempre el mismo. Entonces, una vez que conocemos su esencia no puede sorprendernos que vuelva repetidamente a usar la explotación y la desposesión de las personas para reproducirse.

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Si hoy en día la ganancia capitalista se ha recuperado en España – y en el mundo – ha sido a costa de evolucionar hacia una mayor explotación de las personas y una constante expulsión del personal sobrante. Sumados a los millones de parados que nunca volverán al mercado laboral están los 3 millones de españoles que se encuentran en situación de “pobreza severa”, el doble que al principio de la crisis. Pero la pobreza no es una situación novedosa de la crisis, es estable y estructural, aunque agudizada por ésta, la pobreza infantil se eleva a casi al 27%, sólo 3 puntos más que al comienzo de la misma. Y es que es una situación lógica porque para que una minoría pueda tener mucho, poseer todo, otros no pueden acceder a nada. Esta es la naturaleza de las “reformas estructurales” que están aplicándose en España, ahora, si cabe con más saña que nunca. Guardando las formas democráticas del bien común se dice que son necesarias para crecer, acabar con la crisis y el desempleo. En realidad su función es concentrar aún más la riqueza y la propiedad, aumentar las rentas y salvar fortunas en peligro.

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Es la oligarquía dominante mundial, depredadora y extractiva, quien mediante sus diversos instrumentos e instituciones, el FMI o la Unión Europea, siempre bajo la tutela de Washington, trasvasa enormes cantidades de riqueza y recursos a sus carteras. Los métodos son numerosos y se adaptan a las diferentes situaciones y características de cada país. En España, por ejemplo, la usura bancaria mediante los intereses de una deuda – pública* y privada – desproporcionada y unas comisiones bancarias que han crecido un 186%** entre 2007 y 2012; la rebaja salarial de los trabajadores desde la última reforma laboral que supera el 10%, pero es simplemente continuar una tendencia, porque entre 1994 y 2011, los salarios ya habían caído también otro 10%; unido al aumento de la jornada laboral; los rescates a la banca mediante ayudas directas, avales, estafa a los preferentistas, el ‘banco malo’; el rescate a las concesionarias de autopistas; el rescate encubierto a las eléctricas mediante subidas de la luz que superan el 70% en los últimos 7 años, a pesar de tener sobrecapacidad eléctrica; las privatizaciones de los bienes y servicios públicos de ayuntamientos y Comunidades Autónomas; etc.

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Para esta oligarquía, las empresas, los trabajadores, los seres humanos, el gobierno, los partidos políticos, las instituciones son instrumentos utilizados según la coyuntura histórica, social y económica y están supeditados a alcanzar sus objetivos de máximo beneficio y acumulación. Para la gran burguesía y la aristocracia hace ya casi dos siglos unidas indisolublemente y siempre tendentes a unas relaciones endogámicas, la democracia de masas – la única y verdadera democracia – es algo nunca deseado, siempre despreciada. Todavía, la democracia parlamentaria burguesa era un mal menor en cuanto a que sólo una mínima parte de la población podía participar en ella. Pero, el radicalismo democrático era dar cabida en su mundo – dominado por el darwinismo social, el racismo y la eugenesia científica – a esa “multitud detestable” que tanto habían despreciado siempre. Y cuya única función vital dada su objetiva inferioridad era ser explotada.

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Entonces las palabras dichas por Vladimir Ilich ‘Lenin’ hace ya más de cien años vuelven a tomar una vigencia sorprendente: “Las crisis demuestran que los obreros no se pueden limitar a luchar por obtener de los capitalistas concesiones parciales, ya que, cuando se produzca el crac, éstos no sólo arrebatarán a los trabajadores los derechos conquistados sino que los harán todavía más precarios. Y así continuará sucediendo inevitablemente”. Y es así como nuevamente se repite en la historia que las crisis sí son una oportunidad para aumentar la explotación y la desposesión de la mayoría por una minoría cuya codicia no tiene freno, ni límites. Una minoría que pasará por encima de cualquiera y avasallará a todos los que se le opongan.

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La democracia no es un derecho natural, nunca fue otorgada, fue conquistada, siempre fue una lucha, los derechos individuales y sociales nunca fueron concedidos por convencimiento de la igualdad de todas las personas. Cuando en una sociedad se acepta que se puede explotar a las personas, es decir, trabajar 12 horas por menos de 500 euros o hacer millones de horas extras gratis, la democracia no existe, mucho menos el respeto a los Derechos Humanos, la libertad o la igualdad. Cuando a una persona se le quitan sus medios de subsistencia y se hace dependiente de otros, nunca puede haber libertad. Lo que hay es miedo, necesidad y hambre. Ese es el proyecto de la Unión Europea de las corporaciones: la jornada laboral de 65 horas, el trabajador pobre, la generalización de la pobreza. Este es el actual sistema globalizado que tanto ha colaborado a construir. Una involución social para Europa, los países desarrollados, una vuelta al capitalismo que colapsó en 1929, pero una constante realidad para los países subdesarrollados, siempre dominados por la explotación colonial de las potencias capitalistas.

DegradaciónMoral

Hacia 1500 comenzó el proceso de transición al capitalismo industrial, marcado por un nivel de explotación de los seres humanos que no había tenido parangón en la historia. Sus víctimas no tienen cabida en la Historia. Hubo que esperar hasta el S.XX para que en la mayoría de los países industrializados se alcanzaran un mínimo de derechos democráticos, que, sin embargo, conllevaban la expulsión de determinados grupos humanos. En Suiza, las mujeres no pudieron votar hasta 1971; los negros, los chinos, otras minorías étnicas y sociales o los pueblos autóctonos, los “no blancos”, nunca estuvieron considerados como sujetos dignos de tales derechos democráticos hasta la segunda mitad del S.XX. Como nos dice Eric Hobsbawm, la cuna de la democracia liberal, el Reino Unido de la segunda mitad del S.XIX “era sin duda menos restrictivo que, por ejemplo, Bélgica, […], pero ni era democrático ni lo intentaba ser”. El voto censitario determinado por la posición de poder y la fortuna personal era la norma. Identificar capitalismo y democracia es ilusorio. El capitalismo no es democrático, nunca lo ha sido, nunca lo será, porque su razón de ser no es esa. Lo que está marcado por el afán de dominación y explotación en pos del máximo beneficio nunca podrá salvaguardar una verdadera democracia.

Los bancos han ganado con los intereses de la deuda pública 17.300 millones.

** Según un estudio realizado por ADICAE, las comisiones bancarias han crecido un 265,57% entre 2004 y 2012.

 

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“Presumo que todos saben quién soy. Soy el humilde Abraham Lincoln. Mi programa es breve y dulce como el baile de una mujer vieja. Estoy a favor de la banca nacional, del sistema de mejoras internas y de una aduana proteccionista

Abraham Lincoln, decimosexto presidente de los Estados Unidos, 1861 – 1865. 

 

“Nosotros recomendamos esa política de intercambios nacionales, que asegura un buen salario al trabajador, unos precios remuneradores a la agricultura, a los mecánicos y fabricantes una recompensa adecuada a sus habilidades, trabajo y capacidad empresarial y a la nación, la prosperidad comercial y la independencia”

Compromiso electoral del Partido Republicano en 1860.

 

“El arancel de 1816 fue seguido por algunos años de expansión económica, particularmente para Nueva Inglaterra, que prosperó detrás de la muralla aduanera a medida que pasó del comercio a la industria

Isaac Asimov, Los Estados Unidos desde 1816 hasta la Guerra Civil.

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Existe una enorme brecha entre la historia real y la que algunos cuentan. Según los ideólogos del “libre mercado” o “libre comercio” que, actualmente, se encuentran representados en entidades como el FMI o la Unión Europea, además de en numerosos gobiernos y otros organismos internacionales, el “libre comercio”, la apertura comercial, la desregulación financiera, la “libre” circulación de capitales y las instituciones “libres” son el secreto del crecimiento y la prosperidad. Todo ello se puede englobar en las famosas “reformas estructurales”. Inevitablemente aplicables si se quiere alcanzar un alto grado de desarrollo económico.

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La historia nos cuenta que esto no es cierto. Los países desarrollados – un grupo muy reducido – no llegaron de esta forma a sus actuales niveles de desarrollo. En cambio, la realidad es que la historia del desarrollo económico es la historia del proteccionismo y la intervención estatal. Estados Unidos e Inglaterra fueron los países más proteccionistas que jamás existieron. Un proteccionismo reforzado por los enormes costes de transporte de la época. Estados Unidos se desarrolló bajo unas políticas calcadas a las de su “madre patria”, Inglaterra, basadas en altos aranceles, obras públicas y un sistema financiero nacional. El objetivo era proteger a sus industrias nacientes de la poderosa industria manufacturera británica.

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Para la clase dirigente estadounidense esta política estaba clara. En palabras de su decimooctavo presidente, Ulises S. Grant: Durante siglos, Inglaterra confió y aplicó medidas de protección, la llevó al extremo y obtuvo resultados satisfactorios. No cabe duda de que a este sistema debe su fortaleza actual. Tras dos siglos, Inglaterra ha encontrado conveniente adoptar el libre comercio porque la protección ya no tiene nada que ofrecer. Muy bien, caballeros, mi conocimiento de nuestro país me lleva a pensar que en un par de siglos, cuando los Estados Unidos hayan obtenido todo lo posible de la protección, adoptará el libre comercio”. Palabras premonitorias de Grant, aunque los Estados Unidos alcanzaron la preeminencia mundial un siglo antes de lo que él vaticinaba, tras vencer en dos guerras mundiales al resto de potencias capitalistas.

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Los estadounidenses sabían perfectamente de lo que hablaban. Como nos cuenta el prestigioso historiador económico Paul Bairoch: Preocupada por no favorecer en absoluto a los competidores potenciales de su industria, Inglaterra prohibió hasta 1843 la exportación de máquinas textiles y otros equipos”. Asimismo, la prohibición a la exportación de las máquinas de vapor sólo se levantó en 1820, la prohibición a la emigración de técnicos y trabajadores cualificados británicos no fue derogada hasta bien entrado el S.XIX y el proteccionismo no fue abandonado hasta 1846, cien años después del inicio de su revolución industrial. Todo ello acompañado de un inmenso imperio colonial donde sólo los británicos podían fabricar y comerciar libremente.

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Sólo el pragmatismo y una dominación del mundo nunca antes alcanzada por ninguna nación en la historia hicieron avanzar a Gran Bretaña hacia lo que se supone es el “libre mercado”. Bairoch nos recuerda que: “Inglaterra producía 50 veces más hierro, 75 veces más carbón y 100 veces más telas de algodón por habitante que el resto del mundo”. Eric Hobsbawm nos da otra clave de la nueva época que se avecinaba: “En 1860, […] la mitad de todas las exportaciones de África, Asia y América Latina convergían en un solo país, Gran Bretaña. […], la City londinense, era […], el centro de las transacciones internacionales […]. [Reino Unido era el] principal acreedor mundial debido a sus importantísimas inversiones en el extranjero”. Sólo unos pocos decenios después los británicos debatían si haber derogado sus medidas proteccionistas no era la razón de su relativo declive económico.

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Esa tradición económica fue la que adoptaron a su independencia la parte norte de los Estados Unidos. Esa tradición iniciada por Alexander Hamilton y continuada por Abraham Lincoln, Thomas Jefferson, Henry Clay, Henry Carey o el mismo Partido Republicano, entre otros. A esta doctrina económica – claramente, de ascendencia británica – se le llamo el Sistema Americano. Y como la historia demuestra, Estados Unidos se parapetó tras una “muralla aduanera” para que su industria pudiera desarrollarse sin miedo a que fuera arrasada por la mucho más avanzada y superior industria británica que podía proveer de productos mejores y más baratos.  El gobierno financió la construcción de infraestructuras – canales, carreteras, ferrocarriles, etc. –, instituciones educativas, subsidió a los agricultores, creó una moneda y un sistema financiero nacional.

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Este camino hacia la independencia y el desarrollo económico no fue, ni fácil, ni libre. Estados Unidos tuvo que enfrentarse a tres guerras en su territorio. La de la independencia, en 1776; la guerra de 1812, nuevamente, contra el imperialismo británico; y, una guerra civil. La idea era clara: no querían ser como la repúblicas iberoamericanas y ser dominados, como la máxima de la política imperial británica rezaba, por el comercio. No querían caer víctimas, como Henry Carey advertía, de una política económica que sólo servía a los intereses imperialistas británicos. Y esta fue la principal razón de la Guerra de Secesión. Como bien analizó, el economista alemán del S.XIX, Friedrich List, el libre comercio únicamente beneficia a los exportadores de materias primas agrícolas nacionales, perjudicando gravemente a los “fabricantes nacionales” y “la prosperidad económica nacional a largo plazo”.

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Estas dos formas económicas se enfrentaron en la Guerra de Secesión estadounidense. La mentalidad de los terratenientes sureños – la misma que caracteriza a los terratenientes y latifundistas iberoamericanos – partidarios de una economía agraria semi–feudal y esclavista, muy lucrativa y rentable para ellos, enfrentados a los proteccionistas industriales del Norte. Los intereses eran totalmente opuestos. Al Sur le interesaba poder exportar sus materias primas agrícolas al Reino Unido e importar los productos y bienes británicos, mejores y más baratos que los nacionales. Al Norte no le interesaba ver inundado el mercado nacional con productos británicos que acabarían con el tejido industrial nacional.

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Hay lecciones que es peligroso olvidar. La economía cuasiesclavista intensiva en la extracción de materias primas y la economía industrial son las dos caras de una misma moneda y se complementan: el “libre” comercio o  “libre” mercado. Los caballos de batalla del sur, plasmados en su Constitución, eran: esclavitud, libre comercio y austeridad. Como es lógico, los grandes terratenientes no necesitan realizar grandes inversiones públicas en una población que desprecian y a la que someten a la explotación más despiadada. Otra lección muy peligrosa de olvidar es el imperialismo.  Hemos adoptado un nombre nuevo – neoliberalismo – para denominar una antigua política – el imperialismo –. Esto es muy peligroso porque olvidamos como acabó esa carrera por el reparto del mundo: 2 guerras mundiales y decenas de genocidios.

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